Mi Artículo de hoy jueves en El Nacional 

http://www.el-nacional.com/columnista/

Anuncios

Implosión revolucionaria                                                    

Rafael Rattia

                                                       @rattia

 

 

Lo que un día se llamó “revolución bolivariana” experimenta un, al parecer irreversible, proceso de implosión revolucionaria. Desde los más discretos pliegues de sus interioridades surgen voces abiertamente disidentes que claman y reclaman por una vuelta a los postulados originales del chavismo primigenio. El golpe asestado a la Constitución ha despertado toda clase de rechazos y de aversiones por parte de los más representativos sectores políticos del chavismo democrático. Una prueba irrefutable de que en el seno de la “revolución” existían corrientes profundamente constitucionalistas lo constituye el protagonismo institucional de la doctora Fiscal General de la República Luisa Ortega Díaz quien ha salido con una entereza moral digna de mejor encomio en defensa de la Carta Magna en peligro de ser literalmente demolida por los sectores talibanes y fundamentalistas del chavismo lucharmamentista y antiparlamentarista. A confesión de partes, -reza el aforismo jurídico- relevo de pruebas. Maduro ha proclamado ante los ojos estupefactos del país que: “lo que no pudimos hacer con los votos lo haremos con las armas”. De donde se colige que la autoproclamada “revolución” ya comenzó a transitar los senderos de la lucha armada revolucionaria y de la guerra popular prolongada contra lo que ella estima son los obstáculos más severos al proyecto de implantación de la sociedad socialista.

Desde que el presidente convocó ilegalmente el írrito e inconstitucional proceso nacional constituyente el primero de Mayo pasado el país entró en un peligroso vértigo de protestas callejeras cuyos lamentables saldos de muertes y heridos hablan con una elocuencia pavorosa. Las cifras más conservadoras estiman 80 muertos por armas de fuego, más de 800 heridos y unos 7.500 detenidos que luego son pasados a tribunales militares.

Venezuela vive una hora menguada con el literal desmantelamiento de su institucionalidad jurídica, política de su Estado de Derecho. Bastó con que la Fiscal diera un paso firme en estricto apego a sus prerrogativas constitucionales para que el poder Ejecutivo en abierto y flagrante contubernio con el Defensor del Pueblo y el Contralor General de la Nación solicitaran a la Sala Constitucional del TSJ mediante recurso de interpretación jurídica le fueran transferidas las funciones naturales de la Fiscalía a la Defensoría del Pueblo a apenas un mes de realizarse la supuesta elección constituyente.

Es público y notorio la creciente multiplicación de voces disidentes y heterodoxas que se declaran en franco rechazo al “golpe constitucional” que insiste en consumar el presidente y sus adláteres contra la democracia en Venezuela. Desde Héctor Navarro y Ana Elisa Osorio, pasando por Nicmer Evans y Eva Golinger; hasta Santiago Arconada, Mari Pili Hernández, Gabriela Ramírez, Felipe Pérez Martí, Juan Barreto, Roland Denis Boulton y Rodríguez Torres y un larguísimo etcétera de venezolanos provenientes de lo que en su momento se denominó el “chavismo crítico” han decidido romper con el mimetismo político de la solidaridad automática y han fijado posición sobre la ruptura del orden constitucional en Venezuela.

Obviamente, es extremadamente alto el precio político que debe pagar la creciente disidencia contrarrevolucionaria por osar tomar distancia moral y socio-política de los desafueros y tropelías que el poder deslegitimado de la “revolución” socialista comete, día tras día, en su inútil afán de “apagar la protesta civil y ciudadana” que comenzó a tomar cuerpo y vertebración organizativa a partir del pasado 19 de Abril y que hoy en estos últimos días de Junio, amenaza seriamente con extenderse por todo lo largo y ancho del territorio nacional. Es evidente que cada vez más amplios sectores y capas sociales de la población venezolana van perdiendo el miedo a las consecuencias represivas que trae consigo la protesta social y la desobediencia popular.

No se puede ocultar por mucho tiempo lo que cada día se revela con mayor evidencia ante los ojos de todo el país y del continente hispanoamericano que observa con estupor el cuadro velasquianamente oscuro que pinta nuestra lúgubre y aciaga realidad venezolana. El buque insignia de la revolución hace aguas y es inminente su inexorable hundimiento. 

Enviado desde mi iPhone

INSANIA MENTAL

INSANIA MENTAL
RAFAEL RATTIA
@rattia

Los sectores màs radicales y extremistas del chavismo gubernamental han acariciado la insòlita (por descabellada) idea de solicitar al Tribunal Supremo de Justicia se le apliquen exámenes psiquiátricos a la Fiscal General de la Repùblica a los fines de declarar la inhabilitación y eventual destitución de la Fiscal de su cargo por “insania mental”. Se trata de una pràctica del màs puro fascismo revolucionario; apelar al ejercicio de la criminalización de la disidencia política con expresos y taxativos fines de inhabilitación de los derechos políticos del ciudadano para el desempeño de la función pública. Lo mismo hacìa el Fhurer Adolf Hitler con todo el que osara disentir del régimen nazi en la Alemania fascista. Durante el interregno stalinista ruso de Iosiff Stalin encerraban a los escritores e intelectuales rusos que adversaban la dictadura stalinista en centros de reclusión mèdico-psiquiàtrica y eran catalogados de “enfermos mentales” por la revolución. Históricamente, las revoluciones han utilizado la ciencia mèdica y la Psiquiatrìa clínica con fines de exclusión social y de estigmatización de la opinión y la praxis heterodoxa. Para la revolución toda opinión que adverse e impugne el logos y la racionalidad de su “orden de facto” es susceptible de ser considerada como opinión y praxis subversiva y, en consecuencia, el estado, en el caso venezolano, procede a considerar al ciudadano opositor portador de conductas peligrosas para la “estabilidad” de la paz social.

Se entiende por “insania mental” un determinado estado psicológico de desequilibrio o menoscabo de las facultades intelectuales que exhibe un funcionario público en pleno ejercicio de sus funciones al servicio de la administración pública que impide u obstruye la normal aplicación de la ley en beneficio de los ciudadanos del país. En términos coloquiales “insania” no es otra cosa que “locura”, por lo que a la Fiscal General de la República se le quiere aplicar una especie de psiquiatrizaciòn de la política. Obviamente, judicializar la conducta pública de la máxima garante del Ministerio Público y uno de los tres representantes que constitucionalmente integran el Poder Moral o Ciudadano sólo es posible si la acción judicial incoada por el sector màs recalcitrante del talibanismo psuvista por ante el TSJ obedece a una flagrante retaliación político-partidista como en efecto a todas luces se evidencia ante los ojos atónitos del país. El escandaloso y extraordinario caso de linchamiento moral que se está protagonizando contra la Fiscal General de la Nación coloca sobre el tapete de la vindicta pública nacional una modalidad inédita de fusilamiento moral de figuras de relevante protagonismo público en la vida de la nación. Ya no se trata de simples inhabilitaciones administrativas de Alcaldes, Diputados o Gobernadores en pleno ejercicio de sus funciones como funcionarios al servicio de la administración pública; con la amenaza de destitución de la Fiscal General por parte de la Asamblea Constituyente espuria el país se apresta a asistir a un insólito proceso de deslegitimación político-jurìdica por pésimo desempeño del Estado protagonizada por el poder Ejecutivo en connivencia con el poder Judicial y Electoral y cuyas inocultables

propósitos no son otros que disolver y eliminar el poder Legislativo democráticamente electo en comicios universales, directos y secretos. Nadie en su sano juicio político entiende còmo un poder sectorial y territorial puede ir contra la legitimidad de un poder soberano surgido de la voluntad inobjetable de la soberanía popular emanada de sufragios universales como lo fueron los que dieron carta de naturaleza legal a la actual Asamblea Nacional. La idea descabellada de acusar a la Fiscal por “insania mental” se inscribe en la lógica del terrorismo de Estado, de la criminalización de la disidencia y de la judicialización de todo ciudadano que osa replicarle al logos estatocràtico de la revolución en su trepidante implantación del orden revolucionario en su fase superior del socialismo.

INSANIA MENTAL

INSANIA MENTAL
RAFAEL RATTIA
@rattia

Los sectores màs radicales y extremistas del chavismo gubernamental han acariciado la insòlita (por descabellada) idea de solicitar al Tribunal Supremo de Justicia se le apliquen exámenes psiquiátricos a la Fiscal General de la Repùblica a los fines de declarar la inhabilitación y eventual destitución de la Fiscal de su cargo por “insania mental”. Se trata de una pràctica del màs puro fascismo revolucionario; apelar al ejercicio de la criminalización de la disidencia política con expresos y taxativos fines de inhabilitación de los derechos políticos del ciudadano para el desempeño de la función pública. Lo mismo hacìa el Fhurer Adolf Hitler con todo el que osara disentir del régimen nazi en la Alemania fascista. Durante el interregno stalinista ruso de Iosiff Stalin encerraban a los escritores e intelectuales rusos que adversaban la dictadura stalinista en centros de reclusión mèdico-psiquiàtrica y eran catalogados de “enfermos mentales” por la revolución. Históricamente, las revoluciones han utilizado la ciencia mèdica y la Psiquiatrìa clínica con fines de exclusión social y de estigmatización de la opinión y la praxis heterodoxa. Para la revolución toda opinión que adverse e impugne el logos y la racionalidad de su “orden de facto” es susceptible de ser considerada como opinión y praxis subversiva y, en consecuencia, el estado, en el caso venezolano, procede a considerar al ciudadano opositor portador de conductas peligrosas para la “estabilidad” de la paz social.

Se entiende por “insania mental” un determinado estado psicológico de desequilibrio o menoscabo de las facultades intelectuales que exhibe un funcionario público en pleno ejercicio de sus funciones al servicio de la administración pública que impide u obstruye la normal aplicación de la ley en beneficio de los ciudadanos del país. En términos coloquiales “insania” no es otra cosa que “locura”, por lo que a la Fiscal General de la República se le quiere aplicar una especie de psiquiatrizaciòn de la política. Obviamente, judicializar la conducta pública de la máxima garante del Ministerio Pùblico y uno de los tres representantes que constitucionalmente integran el Poder Moral o Ciudadano sòlo es posible si la acción judicial incoada por el sector màs recalcitrante del talibanismo psuvista por ante el TSJ obedece a una flagrante retaliación político-partidista como en efecto a todas luces se evidencia ante los ojos atónitos del país. El escandaloso y extraordinario caso de linchamiento moral que se està protagonizando contra la Fiscal General de la Naciòn

TRAICIÒN A LA PATRIA

Traición a la patria
Rafael Rattia*

Patria es una palabra, como casi todas las palabras que están registradas en el DRAE, polisémica: en sí misma contiene una miríada de sentido que le otorga un carácter multìvoco y polivalente. Pater patriae, nos exhortaba a declinar nuestro querido profesor de Latìn de cuarto y quinto año de humanidades, el padre Elías Martín, sacerdote Capuchino que le inculcò a toda una generación de jóvenes el amor por la lengua del Lacio.
Mi petit Larousse me dice que la patria es la “nación considerada como una unidad histórica a las que sus naturales se sienten vinculados”. 2. Lugar en que se ha nacido.
Por estos días en la Venezuela revolucionaria, “socialista”, bolivariana, obrera-campesina y exproletaria el terminajo patria ha adquirido un inusitado protagonismo en el profuso centimetraje de prensa escrita y radio-televisivo producto de las alegres acusaciones de “traidores a la patria” que se les ha hecho a no pocos connacionales por atreverse a llamar la atención de la comunidad hemisférica latinoamericana acerca de la trágica situación de salud que sufren millones de ciudadanos que habitan el territorio nacional.
Si un periodista es entrevistado vía satélite por alguna cadena internacional de noticias y osa referirse a la calamitosa hambruna colectiva que se abate sobre la Venezuela hambrienta, menesterosa, que hurga en los tachos de basura en procura de un resto de comida para mitigar el hambre que se abate sobre los venezolanos, inmediatamente es tildado de cipayo del imperio o en el peor de los casos de “apátrida” y “antivenezolano”. Durante los primeros años de la tristemente célebre revolución cubana, en tiempos de declarar el carácter socialista del proceso revolucionario, también se les calificaba de gusanos batisteros a los disidentes y opositores que se negaban a plegarse a las nefandas prácticas de asesinatos masivos y paredones de fusilamientos. Las revoluciones son esencialmente así; violentan grotescamente la integridad de todo derecho humano en nombre de su presunta “defensa”. La defensa de la soberanía y la integridad territorial es un comodín leguleyo que sólo tiene sentido como un ardid jurídico enunciado en la constitución nacional pero carente de corporeidad concreta y de realidad real tangible. La terrible lógica segregacionista y chovinista sobre la cual se asienta el aborrecible discurso revolucionario bolivaresco y bolivarero (que no bolivariano, paradójicamente) parte de la horrenda premisa pseudo antropológica según la cual “todo extranjero que no subscriba ni apoye la revolución es sospechoso de hacerle el juego a los factores contrarevolucionarios y en consecuencia debe ser tratado como apátrida”.
Miren esta perla: si el consejo de estado y de gobierno supremo de la revolución bolivariana firma convenios de asistencia crediticias, por ejemplo, con la República Popular China” saltándose la preceptiva jurídica e institucional que establece su aprobación previa por los poderes Legislativos por tratarse de temas extremadamente sensibles al alto interés de la República, entonces eso no es calificado como “alta traición a la patria”. La vanguardia del bloque histórico hegemónico dominante de la revolución denomina a esos “convenios bilaterales” con el eufemismo del “internacionalismo proletario”, la “solidaridad entre naciones hermanas”, las “relaciones diplomáticas pluripolares”, la “ayuda mutua entre pueblos hermanos” y otras monsergas ideológicas o memeces y vacuidades léxicas que esgrimen los voceros del Servicio Exterior venezolano para justificar la invasión neocolonial del socialimperialismo chino-ruso y la penetración de los grandes capitales asiáticos en sectores claves de nuestra economía nacional. Porque, efectivamente, para nadie es un secreto que los eslabones crediticios que ha creado la revolución con el gobierno y la banca China han generado un sui generis tipo de neo dependencia tecnoeconòmica con el gigante amarillo convirtiendo a Venezuela en un enclave económico altamente consumidor de baratijas y “espejitos” chinos, unido a ello el carácter abiertamente bachaquero de los abastos y supermercados asiáticos que esquilman el esmirriado bolsillo del venezolano. Basta con comparar por contraste los diametrales abismos diferenciales entre los precios de las cadenas de comercialización que exhiben los anaqueles de comercios chinos y los precios de las cajas de la miseria llamadas CLAP.
Traición a la patria es colocar el rostro de Fidel Castro en edificios construidos por los gobiernos anteriores a 1999 recién pintados por “barrio nuevo, barrio tricolor”, y hacer un estruendo publicitario con la Gran Misión Vivienda Venezuela como si fueran nuevas viviendas y contabilizarlas como edificaciones recién construidas por el gobierno de Maduro. No olvidemos que el lenguaje totalitario, en su afán terco por adoctrinar e ideologizar a la población bajo los influjos de la teología ateològica revolucionaria siempre intenta inútilmente recortar la realidad real a la manera de Procusto con el propósito de someter lo empíricamente dado a los cartabones de las consignas que emite el diktat estatal en su delirante proceso de fabricar “traidores a la patria” incluso inventarlos ahí donde sólo hay sombras chinescas. Los venezolanos hemos visto ondear flamante la bandera de Cuba en instalaciones petroleras y en edificaciones militares con el mismo desparpajo ex aequo, cual si de una sola y única nación se tratara. Obviamente, a la luz de los enunciados constitucionales instituidos en nuestra Carta Magna es un acto de lesa traición a la patria. Una cosa era la gloriosa tradición grancolombina en el más puro ideario mirandino e incluso en el mismo ideario libertador bolivariano originario de los años fundacionales y otra muy radicalmente distinta es la abyección política de pretender crear una dictadura continental de corte neopopulista al màs puro estilo de una URSS caribeña que sotto voce la gente ha bautizado con el nombre irónico de Cubazuela. Con todo respeto hacia tì, que lees estas intempestivas líneas; yo he visto cosas en estos años de revolución que tal vez nunca estarías en capacidad de creer.
(*) Escritor

INFANCIA

INFANCIA
Rafael Rattia

Cuando en mi infancia bogaba
Por las dulces aguas del río
Las lentas corrientes de mi Nilo
Interior
Me llevaban sin darme cuenta
Hasta los altos crepúsculos
Y veía el lugar donde nace la luz
Las tardes eran interminables
Nunca veía la hora porque
No tenía necesidad de reloj
El tiempo era un delgado hilo de luz
Que se ocultaba con la penumbra acuática
Y yo bogaba siempre hacia las desembocaduras
Del olvido.

POR LA DEMOCRACIA

Por la democracia

 

RAFAEL RATTIA

 

Obviamente, yo estoy del lado de la democracia; desde que tengo uso de razòn, huelga decirlo, siempre me he colocado del lado de la democracia. Creo profundamente en los valores sustantivos de la democracia. Desde que leì por primera vez ese babilónico monumento espiritual de la humanidad escrito por Tucìdides, “La guerra del Peloponeso”, comprendì que la democracia es el mejor de los sistemas de organización polìtica, social y jurídica que la especie humana puede darse para convivir civilizadamente en sana paz. En “La Repùblica o de las leyes” Platòn lo dice de un modo insuperable; de todos los regímenes políticos que los seres humanos son capaces de darse para su coexistencia pacìfica, únicamente la democracia garantiza que los hombres no se degraden a niveles de las bestias salvajes.

Creo profundamente en la democracia porque creo en la división de los poderes públicos tan magistralmente definida e insuperablemente teorizada por Montesquieu. El mismo Bolìvar, abrevando en las fuentes puras del espíritu de la Ilustraciòn francesa, convino en admitir que no existe otra forma polìtica de pautar acuerdos y consensos màs o menos duraderos en sociedad para el ejercicio de la vida civil y civilizada que garantizando el respeto recìproco entre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial a los fines de una civilizada gobernabilidad republicana.

Cuando una sociedad asiste a la confiscación y secuestro de los poderes públicos por parte de uno de ellos, naturalmente, el conjunto de la ciudadanía comienza a transitar el sendero oscuro y temerario de la tiranìa.

No hay democracia allì donde el arbitrario decisionismo unipersonal bonapartista de uno solo manda por encima de los demás poderes legítimamente constituidos en el fragor de la legitimidad de origen, es decir en la fragua del sufragio directo, universal y secreto. He allì, en el voto libre y no coactivo es donde adquiere vivificante sentido de pertinencia democràtica; aunque no únicamente, hay que subrayarlo insistentemente cuantas veces haga falta, en ello. La democracia se pone a prueba todos los días.

 

El mandarinaje caudillesco es incompatible esencialmente con la praxis democràtica; pues, èsta y aquèl se excluyen y repelen recíprocamente como dos realidades irreconciliables y antagónicas. Lo que quiero decir es que el discurso de la democracia en su libre despliegue praxiològico de explicitación en una sociedad plena de derechos fundamentales ejercidos por ciudadanos y no por vasallos ni siervos es una hermosa realización poética. La democracia ejercida conscientemente y de modo cotidiano es una maravillosa experiencia estètica; la democracia es belleza por antonomasia, mientras que la dictadura es horrida fealdad vergonzante que abochorna al ciudadano que ha visto y vivido el sentido enciclopédico de la luz, de los saberes y de la ètica. Es un contrasentido hablar de una pedagogìa de la tiranìa. No existe tal cosa en la realidad real de un mundo coherente, lógico y sensible.

LA LENGUA POLÌTICA

La lengua política

 

Rafael Rattia   @rattia

 

 

El evidente que el sistema de signos verbales que componen la lengua política del discurso venezolano acusa indicadores de una apestosa menesterosidad léxica; ¡faltaba más! Por supuesto que hay excepciones, honrosas debo decirlo.

Es obvio que el ser es, en buena medida, aquello que ha leído y si esta premisa es cierta tal como la creemos, desde luego, el lenguaje refleja de modo especular la cauda de libros que el dueño de las palabras expresa en el ágora real o virtual. ¿Quién osa dudar que somos lo que leemos? Pues, nuestro vocabulario nos retrata de pie a cabeza y proyecta en nuestros intercambios simbólicos cotidianos nuestras grandezas y, obviamente, nuestras abyecciones como seres humanos. Por la palabra nos conocen y por ella misma nos conocerán. Gracias a la palabra escrita sabemos de la prodigiosa maravilla espiritual de nuestro insigne poeta y hombre de letras Don Andrés Bello; su inmarcesible “Gramática de la lengua castellana” perdurará a través de los siglos como obra espiritual imperecedera digna de emulación por generaciones de hispanohablantes. Obviamente, la pulquérrima lengua de nuestro escritor Mayor no es paradigma digno de encomio para la mayoría de nuestra clase política venezolana. El patrimonio lexicográfico de más del 80% de los políticos deja mucho que desear en lo atinente a la inveterada pulcritud socio-lingüística y semantológica que por su intrínseca naturaleza de “líderes” del espíritu nacional deberían ostentar. Muchas expresiones infelices y desafortunadas pronunciadas por prominentes figurones de la política vernácula dejan al desnudo el lamentable carácter malandro y delictual de dichos espectros de la peor ralea.  La escandalosa precariedad semiológica del discurso político del venezolano salta a la vista en los programas de opinión y entrevistas radiales y televisivas. La pobreza verbal revela de suyo una no menor pobreza de espíritu que viene determinada por la ausencia de lecturas y la casi absoluta indiferencia del liderazgo político hacia el cultivo y cuido de nuestra rica y nunca suficientemente ponderada lengua nacional. Nuestros políticos no leen; sobra decir que muy pocos lo hacen. Ya lo señaló nuestro egregio poeta Rafael Cadenas, en su brillante ensayo “En torno al lenguaje” con atinado sentido de advertencia el grave peligro que se cierne sobre nuestra atribulada nación: “el derrumbe de una nación se advierte en la debacle de su lengua”.

Venezuela atraviesa por una encrucijada histórica de  incalculables dimensiones : O el venezolano se esfuerza con afán y denuedo en la tarea insoslayable de restituir el antiguo brillo y esplendor a su lengua o   sus hijos se  abandonan a su suerte y bogan cuales autómatas río abajo con las corrientes del deterioro y descomposición de su más preciado tesoro y su más grande riqueza intangible que  imaginarse puedan sus habitantes; su lengua política que es también social por antonomasia.

DESGOBERNANZA

DESGOBERNANZA

Rafael Rattia   @rattia

 

La sociedad venezolana se viene deslizando peligrosa y vertiginosamente hacia un abismo al parecer insondable.

El camino por el que transitan sus habitantes es, evidentemente intransitable; todo està lleno de espinas, el trayecto actual se caracteriza por exhibir grandes obstáculos que si no impiden sì obstaculizan la continuidad en la libre transitabilidad hacia una auténtica gobernanza.

La ley, como maximización jurídica del “estado de derecho” de la sociedad ha sido convertida en un burladero. Nadie acata ni respeta la ley porque tampoco nadie ve razones para hacerlo. Las instancias institucionales por mandato de jure garantes del estricto cumplimiento de la ley son las primeras en ostentar su inobservancia e incluso su abierta y flagrante transgresión.

A todas luces se evidencia en el país una inmoral escisión entre el sujeto de derecho y el estado de derecho; dicho en otros términos, la ley va hacia el sur y el ciudadano hacia el norte, cuando en una sociedad màs o menos “normal” ambas entidades deberían tender hacia una totalidad orgánica de libérrima convivialidad, es decir, la ley no tendría que ser un óbice para la coexistencia pacífica y civilizada de los individuos sino màs bien un mecanismo que facilite y garantice la convivencia de los contrarios en un mismo espacio civilizatorio. Por el contrario, en Venezuela la ley obstruye la justicia y obstaculiza la aplicación y administración de la misma. La obscena partidocratizaciòn de la administración de la norma jurídica envía a la sociedad toda un peligroso mensaje de permisividad y de tolerancia al delito cuando no a su estímulo y fomento. La “revolución” se propone desmontar el entramado jurídico-polìtico institucional que los revolucionarios estiman parte sustantiva del Antiguo Régimen. No otro fin tiene la ofensiva estatocràtica expropiacionista que adelanta la SUNDEE, el SEBIN, la GNB ya los CLAP contra pequeños y medianos comerciantes en todo el territorio nacional bajo el manido pretexto de vigilancia y control de precios y esgrimiendo el ardid propagandístico de la especulación y el acaparamiento de productos. La ley en manos del Estado es una coartada publicitaria. En no pocas ocasiones sirve sólo para someter a la sociedad bajo los dictámenes del estatismo revolucionario.

El antagonismo irreconciliable es meridiano: el estado contra la sociedad. La “ley” està secuestrada por el Estado y èste último està confiscado por una èlite tecnoburocràtica enquistada en una lógica partidocràtica, la lógica del partido único; de donde se colige que únicamente con un giro copernicano (cambio paradigmático) sería, eventualmente, posible re-establecer una cierta normalidad en el funcionamiento del sistema de justicia y un necesario equilibrio de poderes, garantía imprescindible para que sea posible hablar con seriedad de democracia.