TRAICIÒN A LA PATRIA

Traición a la patria
Rafael Rattia*

Patria es una palabra, como casi todas las palabras que están registradas en el DRAE, polisémica: en sí misma contiene una miríada de sentido que le otorga un carácter multìvoco y polivalente. Pater patriae, nos exhortaba a declinar nuestro querido profesor de Latìn de cuarto y quinto año de humanidades, el padre Elías Martín, sacerdote Capuchino que le inculcò a toda una generación de jóvenes el amor por la lengua del Lacio.
Mi petit Larousse me dice que la patria es la “nación considerada como una unidad histórica a las que sus naturales se sienten vinculados”. 2. Lugar en que se ha nacido.
Por estos días en la Venezuela revolucionaria, “socialista”, bolivariana, obrera-campesina y exproletaria el terminajo patria ha adquirido un inusitado protagonismo en el profuso centimetraje de prensa escrita y radio-televisivo producto de las alegres acusaciones de “traidores a la patria” que se les ha hecho a no pocos connacionales por atreverse a llamar la atención de la comunidad hemisférica latinoamericana acerca de la trágica situación de salud que sufren millones de ciudadanos que habitan el territorio nacional.
Si un periodista es entrevistado vía satélite por alguna cadena internacional de noticias y osa referirse a la calamitosa hambruna colectiva que se abate sobre la Venezuela hambrienta, menesterosa, que hurga en los tachos de basura en procura de un resto de comida para mitigar el hambre que se abate sobre los venezolanos, inmediatamente es tildado de cipayo del imperio o en el peor de los casos de “apátrida” y “antivenezolano”. Durante los primeros años de la tristemente célebre revolución cubana, en tiempos de declarar el carácter socialista del proceso revolucionario, también se les calificaba de gusanos batisteros a los disidentes y opositores que se negaban a plegarse a las nefandas prácticas de asesinatos masivos y paredones de fusilamientos. Las revoluciones son esencialmente así; violentan grotescamente la integridad de todo derecho humano en nombre de su presunta “defensa”. La defensa de la soberanía y la integridad territorial es un comodín leguleyo que sólo tiene sentido como un ardid jurídico enunciado en la constitución nacional pero carente de corporeidad concreta y de realidad real tangible. La terrible lógica segregacionista y chovinista sobre la cual se asienta el aborrecible discurso revolucionario bolivaresco y bolivarero (que no bolivariano, paradójicamente) parte de la horrenda premisa pseudo antropológica según la cual “todo extranjero que no subscriba ni apoye la revolución es sospechoso de hacerle el juego a los factores contrarevolucionarios y en consecuencia debe ser tratado como apátrida”.
Miren esta perla: si el consejo de estado y de gobierno supremo de la revolución bolivariana firma convenios de asistencia crediticias, por ejemplo, con la República Popular China” saltándose la preceptiva jurídica e institucional que establece su aprobación previa por los poderes Legislativos por tratarse de temas extremadamente sensibles al alto interés de la República, entonces eso no es calificado como “alta traición a la patria”. La vanguardia del bloque histórico hegemónico dominante de la revolución denomina a esos “convenios bilaterales” con el eufemismo del “internacionalismo proletario”, la “solidaridad entre naciones hermanas”, las “relaciones diplomáticas pluripolares”, la “ayuda mutua entre pueblos hermanos” y otras monsergas ideológicas o memeces y vacuidades léxicas que esgrimen los voceros del Servicio Exterior venezolano para justificar la invasión neocolonial del socialimperialismo chino-ruso y la penetración de los grandes capitales asiáticos en sectores claves de nuestra economía nacional. Porque, efectivamente, para nadie es un secreto que los eslabones crediticios que ha creado la revolución con el gobierno y la banca China han generado un sui generis tipo de neo dependencia tecnoeconòmica con el gigante amarillo convirtiendo a Venezuela en un enclave económico altamente consumidor de baratijas y “espejitos” chinos, unido a ello el carácter abiertamente bachaquero de los abastos y supermercados asiáticos que esquilman el esmirriado bolsillo del venezolano. Basta con comparar por contraste los diametrales abismos diferenciales entre los precios de las cadenas de comercialización que exhiben los anaqueles de comercios chinos y los precios de las cajas de la miseria llamadas CLAP.
Traición a la patria es colocar el rostro de Fidel Castro en edificios construidos por los gobiernos anteriores a 1999 recién pintados por “barrio nuevo, barrio tricolor”, y hacer un estruendo publicitario con la Gran Misión Vivienda Venezuela como si fueran nuevas viviendas y contabilizarlas como edificaciones recién construidas por el gobierno de Maduro. No olvidemos que el lenguaje totalitario, en su afán terco por adoctrinar e ideologizar a la población bajo los influjos de la teología ateològica revolucionaria siempre intenta inútilmente recortar la realidad real a la manera de Procusto con el propósito de someter lo empíricamente dado a los cartabones de las consignas que emite el diktat estatal en su delirante proceso de fabricar “traidores a la patria” incluso inventarlos ahí donde sólo hay sombras chinescas. Los venezolanos hemos visto ondear flamante la bandera de Cuba en instalaciones petroleras y en edificaciones militares con el mismo desparpajo ex aequo, cual si de una sola y única nación se tratara. Obviamente, a la luz de los enunciados constitucionales instituidos en nuestra Carta Magna es un acto de lesa traición a la patria. Una cosa era la gloriosa tradición grancolombina en el más puro ideario mirandino e incluso en el mismo ideario libertador bolivariano originario de los años fundacionales y otra muy radicalmente distinta es la abyección política de pretender crear una dictadura continental de corte neopopulista al màs puro estilo de una URSS caribeña que sotto voce la gente ha bautizado con el nombre irónico de Cubazuela. Con todo respeto hacia tì, que lees estas intempestivas líneas; yo he visto cosas en estos años de revolución que tal vez nunca estarías en capacidad de creer.
(*) Escritor

INFANCIA

INFANCIA
Rafael Rattia

Cuando en mi infancia bogaba
Por las dulces aguas del río
Las lentas corrientes de mi Nilo
Interior
Me llevaban sin darme cuenta
Hasta los altos crepúsculos
Y veía el lugar donde nace la luz
Las tardes eran interminables
Nunca veía la hora porque
No tenía necesidad de reloj
El tiempo era un delgado hilo de luz
Que se ocultaba con la penumbra acuática
Y yo bogaba siempre hacia las desembocaduras
Del olvido.

POR LA DEMOCRACIA

Por la democracia

 

RAFAEL RATTIA

 

Obviamente, yo estoy del lado de la democracia; desde que tengo uso de razòn, huelga decirlo, siempre me he colocado del lado de la democracia. Creo profundamente en los valores sustantivos de la democracia. Desde que leì por primera vez ese babilónico monumento espiritual de la humanidad escrito por Tucìdides, “La guerra del Peloponeso”, comprendì que la democracia es el mejor de los sistemas de organización polìtica, social y jurídica que la especie humana puede darse para convivir civilizadamente en sana paz. En “La Repùblica o de las leyes” Platòn lo dice de un modo insuperable; de todos los regímenes políticos que los seres humanos son capaces de darse para su coexistencia pacìfica, únicamente la democracia garantiza que los hombres no se degraden a niveles de las bestias salvajes.

Creo profundamente en la democracia porque creo en la división de los poderes públicos tan magistralmente definida e insuperablemente teorizada por Montesquieu. El mismo Bolìvar, abrevando en las fuentes puras del espíritu de la Ilustraciòn francesa, convino en admitir que no existe otra forma polìtica de pautar acuerdos y consensos màs o menos duraderos en sociedad para el ejercicio de la vida civil y civilizada que garantizando el respeto recìproco entre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial a los fines de una civilizada gobernabilidad republicana.

Cuando una sociedad asiste a la confiscación y secuestro de los poderes públicos por parte de uno de ellos, naturalmente, el conjunto de la ciudadanía comienza a transitar el sendero oscuro y temerario de la tiranìa.

No hay democracia allì donde el arbitrario decisionismo unipersonal bonapartista de uno solo manda por encima de los demás poderes legítimamente constituidos en el fragor de la legitimidad de origen, es decir en la fragua del sufragio directo, universal y secreto. He allì, en el voto libre y no coactivo es donde adquiere vivificante sentido de pertinencia democràtica; aunque no únicamente, hay que subrayarlo insistentemente cuantas veces haga falta, en ello. La democracia se pone a prueba todos los días.

 

El mandarinaje caudillesco es incompatible esencialmente con la praxis democràtica; pues, èsta y aquèl se excluyen y repelen recíprocamente como dos realidades irreconciliables y antagónicas. Lo que quiero decir es que el discurso de la democracia en su libre despliegue praxiològico de explicitación en una sociedad plena de derechos fundamentales ejercidos por ciudadanos y no por vasallos ni siervos es una hermosa realización poética. La democracia ejercida conscientemente y de modo cotidiano es una maravillosa experiencia estètica; la democracia es belleza por antonomasia, mientras que la dictadura es horrida fealdad vergonzante que abochorna al ciudadano que ha visto y vivido el sentido enciclopédico de la luz, de los saberes y de la ètica. Es un contrasentido hablar de una pedagogìa de la tiranìa. No existe tal cosa en la realidad real de un mundo coherente, lógico y sensible.

LA LENGUA POLÌTICA

La lengua política

 

Rafael Rattia   @rattia

 

 

El evidente que el sistema de signos verbales que componen la lengua política del discurso venezolano acusa indicadores de una apestosa menesterosidad léxica; ¡faltaba más! Por supuesto que hay excepciones, honrosas debo decirlo.

Es obvio que el ser es, en buena medida, aquello que ha leído y si esta premisa es cierta tal como la creemos, desde luego, el lenguaje refleja de modo especular la cauda de libros que el dueño de las palabras expresa en el ágora real o virtual. ¿Quién osa dudar que somos lo que leemos? Pues, nuestro vocabulario nos retrata de pie a cabeza y proyecta en nuestros intercambios simbólicos cotidianos nuestras grandezas y, obviamente, nuestras abyecciones como seres humanos. Por la palabra nos conocen y por ella misma nos conocerán. Gracias a la palabra escrita sabemos de la prodigiosa maravilla espiritual de nuestro insigne poeta y hombre de letras Don Andrés Bello; su inmarcesible “Gramática de la lengua castellana” perdurará a través de los siglos como obra espiritual imperecedera digna de emulación por generaciones de hispanohablantes. Obviamente, la pulquérrima lengua de nuestro escritor Mayor no es paradigma digno de encomio para la mayoría de nuestra clase política venezolana. El patrimonio lexicográfico de más del 80% de los políticos deja mucho que desear en lo atinente a la inveterada pulcritud socio-lingüística y semantológica que por su intrínseca naturaleza de “líderes” del espíritu nacional deberían ostentar. Muchas expresiones infelices y desafortunadas pronunciadas por prominentes figurones de la política vernácula dejan al desnudo el lamentable carácter malandro y delictual de dichos espectros de la peor ralea.  La escandalosa precariedad semiológica del discurso político del venezolano salta a la vista en los programas de opinión y entrevistas radiales y televisivas. La pobreza verbal revela de suyo una no menor pobreza de espíritu que viene determinada por la ausencia de lecturas y la casi absoluta indiferencia del liderazgo político hacia el cultivo y cuido de nuestra rica y nunca suficientemente ponderada lengua nacional. Nuestros políticos no leen; sobra decir que muy pocos lo hacen. Ya lo señaló nuestro egregio poeta Rafael Cadenas, en su brillante ensayo “En torno al lenguaje” con atinado sentido de advertencia el grave peligro que se cierne sobre nuestra atribulada nación: “el derrumbe de una nación se advierte en la debacle de su lengua”.

Venezuela atraviesa por una encrucijada histórica de  incalculables dimensiones : O el venezolano se esfuerza con afán y denuedo en la tarea insoslayable de restituir el antiguo brillo y esplendor a su lengua o   sus hijos se  abandonan a su suerte y bogan cuales autómatas río abajo con las corrientes del deterioro y descomposición de su más preciado tesoro y su más grande riqueza intangible que  imaginarse puedan sus habitantes; su lengua política que es también social por antonomasia.

DESGOBERNANZA

DESGOBERNANZA

Rafael Rattia   @rattia

 

La sociedad venezolana se viene deslizando peligrosa y vertiginosamente hacia un abismo al parecer insondable.

El camino por el que transitan sus habitantes es, evidentemente intransitable; todo està lleno de espinas, el trayecto actual se caracteriza por exhibir grandes obstáculos que si no impiden sì obstaculizan la continuidad en la libre transitabilidad hacia una auténtica gobernanza.

La ley, como maximización jurídica del “estado de derecho” de la sociedad ha sido convertida en un burladero. Nadie acata ni respeta la ley porque tampoco nadie ve razones para hacerlo. Las instancias institucionales por mandato de jure garantes del estricto cumplimiento de la ley son las primeras en ostentar su inobservancia e incluso su abierta y flagrante transgresión.

A todas luces se evidencia en el país una inmoral escisión entre el sujeto de derecho y el estado de derecho; dicho en otros términos, la ley va hacia el sur y el ciudadano hacia el norte, cuando en una sociedad màs o menos “normal” ambas entidades deberían tender hacia una totalidad orgánica de libérrima convivialidad, es decir, la ley no tendría que ser un óbice para la coexistencia pacífica y civilizada de los individuos sino màs bien un mecanismo que facilite y garantice la convivencia de los contrarios en un mismo espacio civilizatorio. Por el contrario, en Venezuela la ley obstruye la justicia y obstaculiza la aplicación y administración de la misma. La obscena partidocratizaciòn de la administración de la norma jurídica envía a la sociedad toda un peligroso mensaje de permisividad y de tolerancia al delito cuando no a su estímulo y fomento. La “revolución” se propone desmontar el entramado jurídico-polìtico institucional que los revolucionarios estiman parte sustantiva del Antiguo Régimen. No otro fin tiene la ofensiva estatocràtica expropiacionista que adelanta la SUNDEE, el SEBIN, la GNB ya los CLAP contra pequeños y medianos comerciantes en todo el territorio nacional bajo el manido pretexto de vigilancia y control de precios y esgrimiendo el ardid propagandístico de la especulación y el acaparamiento de productos. La ley en manos del Estado es una coartada publicitaria. En no pocas ocasiones sirve sólo para someter a la sociedad bajo los dictámenes del estatismo revolucionario.

El antagonismo irreconciliable es meridiano: el estado contra la sociedad. La “ley” està secuestrada por el Estado y èste último està confiscado por una èlite tecnoburocràtica enquistada en una lógica partidocràtica, la lógica del partido único; de donde se colige que únicamente con un giro copernicano (cambio paradigmático) sería, eventualmente, posible re-establecer una cierta normalidad en el funcionamiento del sistema de justicia y un necesario equilibrio de poderes, garantía imprescindible para que sea posible hablar con seriedad de democracia.

La lengua polìtica

La lengua política

Rafael Rattia   @rattia

El evidente que el sistema de signos verbales que componen la lengua política del discurso venezolano acusa indicadores de una apestosa menesterosidad léxica; ¡faltaba más! Por supuesto que hay excepciones, honrosas debo decirlo.

Es obvio que el ser es, en buena medida, aquello que ha leído y si esta premisa es cierta tal como la creemos, desde luego, el lenguaje refleja de modo especular la cauda de libros que el dueño de las palabras expresa en el ágora real o virtual. ¿Quién osa dudar que somos lo que leemos? Pues, nuestro vocabulario nos retrata de pie a cabeza y proyecta en nuestros intercambios simbólicos cotidianos nuestras grandezas y, obviamente, nuestras abyecciones como seres humanos. Por la palabra nos conocen y por ella misma nos conocerán. Gracias a la palabra escrita sabemos de la prodigiosa maravilla espiritual de nuestro insigne poeta y hombre de letras Don Andrés Bello; su inmarcesible “Gramática de la lengua castellana” perdurará a través de los siglos como obra espiritual imperecedera digna de emulación por generaciones de hispanohablantes. Obviamente, la pulquérrima lengua de nuestro escritor Mayor no es paradigma digno de encomio para la mayoría de nuestra clase política venezolana. El patrimonio lexicográfico de más del 80% de los políticos deja mucho que desear en lo atinente a la inveterada pulcritud socio-lingüística y semantológica que por su intrínseca naturaleza de “líderes” del espíritu nacional deberían ostentar. Muchas expresiones infelices y desafortunadas pronunciadas por prominentes figurones de la política vernácula dejan al desnudo el lamentable carácter malandro y delictual de dichos espectros de la peor ralea.  La escandalosa precariedad semiológica del discurso político del venezolano salta a la vista en los programas de opinión y entrevistas radiales y televisivas. La pobreza verbal revela de suyo una no menor pobreza de espíritu que viene determinada por la ausencia de lecturas y la casi absoluta indiferencia del liderazgo político hacia el cultivo y cuido de nuestra rica y nunca suficientemente ponderada lengua nacional. Nuestros políticos no leen; sobra decir que muy pocos lo hacen. Ya lo señaló nuestro egregio poeta Rafael Cadenas, en su brillante ensayo “En torno al lenguaje” con atinado sentido de advertencia el grave peligro que se cierne sobre nuestra atribulada nación: “el derrumbe de una nación se advierte en la debacle de su lengua”.

Venezuela atraviesa por una encrucijada histórica de  incalculables dimensiones : O el venezolano se esfuerza con afán y denuedo en la tarea insoslayable de restituir el antiguo brillo y esplendor a su lengua o   sus hijos se  abandonan a su suerte y bogan cuales autómatas río abajo con las corrientes del deterioro y descomposición de su más preciado tesoro y su más grande riqueza intangible que  imaginarse puedan sus habitantes; su lengua política que es también social por antonomasia.

La universidad genuflexa

Rafael Rattia

 

La universidad autónoma, crìtica, democràtica y popular ha muerto. La revolución bolivariana ha cumplido cabalmente el cometido que nunca los gobiernos democráticos pudieron; subordinar acrìticamente el espíritu académico, científico, de investigación humanística y tecnológica a los delirios hegemónicos de un utópico “Plan de la patria” económicamente inviable y políticamente descabellado.  La revolución ha destruido el espíritu de cientificidad y la pulsión acadèmica tecnohumanìstica que durante màs de un siglo caracterizò al clàustro universitario autónomo. Como al resto de la sociedad, se le sometiò a una perversa asfixia financiera con el propósito de doblegarla y supeditarla a los dictámenes externos a su intrínseca naturaleza formativa de profesionales de alta calificación científica. Ya la universidad no es –ni de lejos- es espacio privilegiado del debate público nacional. La universidad ha sido despolitizada y ha visto conculcada su esencia cuestionadora de institución vigilante de los equilibrios necesarios que regìan las relaciones entre la sociedad y el estado.

El proyecto totalitario de fascistizaciòn de la sociedad venezolana ha impactado brutalmente en los cimientos èticos y morales sobre los que se afincaba la universidad pluralista, autónoma y democràtica. La multiversidad de la universidad ha sido mutilada por la univocidad homogeneizante del pensamiento único. La subcultura partidocràtica del partido único se encargò de inocular en la mente y espíritu de las nuevas generaciones de jóvenes universitarios un culto irracional a la personalidad del llamado “gigante” –con pie de barro acotamos nosotros- o ese “tigre de papel” que quiso infructuosamente instaurar una dictadura continental de corte neopopulista en América latina.

La universidad venezolana se ha postrado ante la pretensión hegemónica del “chavismo-leninismo” y vive su peor momento en toda la historia republicana. La deplorable genuflexión y abominable pusilanimidad de muchos rectores y autoridades universitarias han terminado por convertir a las casas de estudios superiores, otrora “autónomas” en bochornosos apéndices institucionales de la revolución bolivariana. Universidades sin internet; sin telefonía fija. Universidades sin bibliotecas, sin subscripciones a revistas arbitradas e indexadas, sin recursos financieros para costear proyectos de investigación básica ni aplicada, universidades sin comedores, con el parque automotor y vehicular literalmente en el suelo; sus institutos de investigaciones en ruinas y a un tris de su extinción. Las universidades venezolanas han sido convertidas en remedos de instituciones pagadoras de nòminas pero subsumidas en terribles y obscenas insolvencias por concepto de pasivos laborales con su personal obrero, administrativo y de investigación y docencia. La asfixia presupuestaria que padecen las universidades nacionales autónomas venezolanas ha conllevado a un creciente estado de obsolescencia bibliogràtica, hemerogràfica y tecnológica que avergüenza el espíritu del profesorado universitario. El panorama de nuestras universidades venezolanas se vislumbra muy lúgubre, pues en un contexto de crisis de descapitalización de su principal recurso humano el país observa horrorizado la indetenible estampida de legiones de profesionales con altísima preparación tecnocientìfica y profesional que ya quisieran para sì las màs prestigiosas universidades latinoamericanas. La revolución bolivariana y “socialista” ha convertido a las instituciones universitarias en “cascarones vacìos”, en autènticas instituciones “calamitosas” e imposibilitadas de producir conocimientos adecuados a los tiempos que signan el vertiginoso devenir histórico-cultural que caracteriza a la humanidad.

 

 

 

Contribuciòn a la crìtica de la razón burocrática

Rafael Rattia

No se trata de que la llamada “revolución” bolivariana se burocratizò y abandonò los principios “revolucionarios”; en rigor nunca hubo una tal revolución. Lo que surgió en el año de 1998 de la pasada centuria en Venezuela fue un cambio político que posteriormente desencadenò un proceso asambleario con carácter ciertamente constituyente que, a la postre, terminò diseñando una nueva constitución que obligò a redactar algunas nuevas leyes orgánicas y ordinarias que aparentemente dieron la impresión de asistir a la inauguración de un inèdito orden jurídico político e institucional. Por ejemplo, las condiciones històricas que hacen posible el surgimiento de la razón burocrática continuaron inalterablemente reproduciéndose al interior del viejo estado clientelar-paternalista que se instaurò con la cultura partidocràtica que surgió a la sombra de la constitución de 1961 con el llamado “pacto de puntofijo”.

Los viejos estilos de gerencia del entramado institucional que rigió las relaciones políticas entre el estado y la sociedad continuaron intocados con el advenimiento de la llamada “quinta república”. Nuevos nombres para viejas y esclerosadas prácticas y procedimientos gerenciales. El partido socialdemócrata alternando su gobernabilidad con el partido socialcristiano designaba a los funcionarios públicos de acuerdo con grados de compromisos y lealtades con la estructura político partidista creando de tal modo una vasta base social de militantes y activistas medios e intermedios que habiéndose sacrificado durante las campañas electorales una vez logrado el triunfo electoral del partido exigían como contrapartida la correspondiente contraprestación burocrática bajo la modalidad de cargos y canonjías en la administración pública central y descentralizada. Ministerios, Institutos Autònomos, Gobernaciones y Alcaldìas pasaban a ser una especie de botìn burocrático que servían para premiar lealtades entre el abigarrado tejido de líderes, dirigentes y militantes de las bases partidistas que resultaban triunfantes en las justas comiciales a la presidencia de la república.

Los antecedentes históricos de tales expresiones de reparto de la renta nacional vienen de aquella famosa Ley de haberes militares del siglo XIX. Al tèrmino de la guerra de independencia había que reconocer el arrojo y sacrificio de tenientes, capitanes, comandantes y mayores que en uno u otro sentido habían dado sus mejores años a la causa republicana de la independencia. Como las arcas nacionales habían quedado exhaustas por los onerosos gastos y erogaciones de la guerra la èlite gobernante apelò al recurso de retribuir el sacrificial patriotismo del ejército venezolano dotándolos de lotes de tierras y ganado realengo que abundaban en las extensas sabanas del llano y oriente venezolano. Hatos y haciendas confiscadas a las familias oligárquicas “antipatriotas” pasaron a manos de “patriotas republicanos” que expusieron sus vidas en favor de la causa independentista. Lo mismo ocuriò, mutatis mutandis con la política de tierra arrasada que comandaba el mítico y legendario Ministro Loyo al frente del ministerio o instituto nacional de tierras conocido por sus tenebrosas siglas (INTI) e impecablemente culminada labor que llevò a cabo el camarada Jaua cuando en su momento comandò las huestes campesinas del PSUV sembrando el pánico y terror en todo los largo y ancho del territorio nacional blandiendo las decimonónicas banderas zamoranas de “tierras y hombres libres”. Ambos, Loyo y Jaua intentaron infructuosamente culminar el trabajo de devastación que no pudo llevar a cabo el temible terror del llano Josè Tomàs Boves en el siglo XIX.

El burócrata se mueve como pez en agua en su burbuja confortable de mullido sillòn oficinesco con aire acondicionado y teléfonos corporativos con rentas ilimitadas con cargos al erario público nacional. Un ìcono del tìpico burócrata revolucionario, conocido como el “revolucionario exitoso” lo constituye el camarada escoltado por una legión de guardaespaldas que velan por la “integridad física” del camarada gobernador o el camarada Alcalde, o camarada Diputado tiempo completo al servicio de la construcción de la revolución socialista. La lógica burocrática de la ética leninista (perdónese el oxímoron) exalta el altruismo revolucionario y justifica moralmente que el revolucionario se apropie indebidamente de los bienes patrimoniales de la nación bajo el manido argumento de que el camarada está construyendo la sociedad futura, está echando las bases de la nueva sociedad y por tanto el partido único bajo la forma de la vanguardia política le permite el usufructo de groseros y obscenos privilegios económicos y políticos que terminan por configurar una odiosa y abominable clase tecnoburocràtica más temible e implacable que la clase dirigente del Ancien Regimen .

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APUNTES SOBRE EL DIALOGO

RAFAEL RATTIA

 

Es potestad de la especie humana dialogar para comunicar. Todo acto de habla supone la pre-existencia de dos o màs lógicas (pensamiento discursivo) que, para comprenderse-entenderse, se comprometen a dialogar para dirimir diferencias y contradicciones antagónicas o no a fin de evitar que la sangre llegue al rìo como suele decirse coloquialmente.

Los individuos, las sociedades y civilizaciones que habitan esta  lamentable y triste carroña planetaria se obligan a sentarse alrededor de mesas de diálogo sopena de embarcarse en la nave de la locura que inevitablemente lo hará zozobrar en medio del naufragio de la violencia. La especie humana dialoga para evitar o postergar matarse mutuamente por motivos fútiles o por razones políticas y filosóficas. La gente que actùa de acuerdo con criterios de elemental sentido común sabe que dialogar es una inversión costosa pero altamente redituable. Nada sustituye al diálogo; por el camino empedrado del diálogo desarmado se va  lejos hasta la tierra de la esperanza, de la tolerancia y coexistencia pacìfica, pero los atajos de la violencia (verbal y física) conducen ineluctablemente al reino del padecimiento y al imperio de la muerte y la mutilación.

 

Mientras haya esperanza de diálogo hay márgenes de maniobrabilidad para el entendimiento y la negociación aun cuando el fantasma de la soberbia y la intemperancia acechen peligrosamente a los sujetos interlocutores dialogantes. El clima psicológico que debe rodear todo diálogo estarà presidido por una buena disposición al debate respetuoso a los propósitos de alcanzar puntos de acuerdo, ciertos consensos indispensables que garanticen la convivencia civilizada en paz de concepciones del mundo y de la vida diametralmente opuestas pero condenadas a entenderse.

Las estructuras semànticas que deben regir toda ejercitación praxiològica comunicativa tienen que partir de la justa valoración del otro. La ponderación de la otredad debe ser conditio sine qua non para que yo me sienta reconocido por la necesaria alteridad. En todo diálogo que se estime como tal el otro es mi gual.  Como diría el poeta Jean Artur Rimbaud: je suis autre. Mi singularidad nace en la diversidad y pluralidad de perspectivas de quien se supone es mi adversario. Yo adverso y combato al diferente a mì pero nunca deseo su muerte y extinción, pues su pervivencia es imprescindible para yo legitimarme ante la sociedad. Debe quedar claro: la sociedad me respeta en la medida en que yo respeto al que me adversa; de allì la vieja conseja: “honor al vencido, gloria al vencedor”. Jamàs puedo asistir a un “dialogo” armado con misiles verbales cargados de dicterios y anatemas que descalifiquen al interlocutor, pues la validez del sujeto perlocucionario se constata en la medida en que el respeto recíproco garantiza que se puedan tramitar las diferencias y contradicciones por/en y con la palabra como recurso de persuasión y disuasión. Como dijo en cierta ocasión  el gran Francois Marie Arouet, llamado Voltaire: “no estoy de acuerdo con tus ideas pero daría un ojo de mi cara porque las pudieras expresar de viva voz con plena libertad”.