J.M. Briceño Guerrero: un archimandrita del espíritu

J.M. Briceño Guerrero: un archimandrita del espíritu

Rafael Rattia*

“La muerte se refugia en lo enigmático”

                                   Martìn Heidegger

 

 

Transcurrían los vertiginosos y trepidantes años de la octava década de la pasada centuria y yo, un fervoroso joven “intoxicado” con febriles lecturas de Emile Cioran, me negaba a escribir una tesis, para optar al título de Licenciado en Historia por la Universidad de Los Andes, que versara acerca de historia económica y social como solían hacerlo todos los compañeros de mi generación. Entonces me acerqué tímidamente al filòsofo y pensador por intermedio de su esposa, Jacqueline Clarac de Briceño, de quien fuì “auxiliar docente” en la Càtedra de Antropologìa I y II adscrito al Departamento de Sociologìa y antropología de la ULA. Recuerdo con meridiana claridad su gentil y afable gesto de cortesía intelectual y la emoción no tardò en apoderarse de mi cuando el mìtico hombre de letras e ideas abstractas asintió a mi propuesta de aceptar ser mi tutor. A partir de ahì me convertí en asiduo oyente de sus clases sabatinas en la legendaria Residencia Los Caciques que no distaba nada de las antiguas instalaciones de la Facultad de Humanidades y Educaciòn ubicada en la avenida universidad de la otrora apacible y bucólica ciudad Mèrida.

Todo se conjugaba para reforzar los aires de clasicismo griego en el Maestro: su eterna barba blanquísima y sus bigotes apenas manchados por el humo de su pipa siempre llena de aromático tabaco en cuyo estuche se leìa “made in Holanda”. Sus cuidados modales finamente cultivados en Viena, Paris, Berlìn, Moscù, Londres, donde estudiò y abrevò en las fuentes puras de la filosofía y del saber humanístico universal, su pulquérrimo trato naturalmente cortés e impregnado de delicados y suaves ademanes hacia sus alumnos, discípulos e interlocutores que puntualmente asistíamos  a su Seminario de Filosofía de la Historia le convertían en blanco de comentarios y murmuraciones de toda índole. Sus detractores, que nunca fueron pocos, a través de los siglos los logòcratas y epistemòcratas de todos los tiempos han sido objeto de escarnio y blanco de la vindicta pública por, entre otras razones, pensar contracorriente y ser portaestandartes de sensibilidades e ideas iconoclastas, irreverentes y heterodoxas y tanto Briceño Guerrero, el filólogo y filósofo, como Jonuel Brigue, el narrador y poeta obviamente no fue la excepción. Subsumido como solìa vérsele siempre en el cultivo y aprendizaje de cuanto idioma y lengua hablara homo sapiens cuentan quienes le conocieron íntimamente que llegó dominar 17 idiomas.  Entre  los cuales destacan  el griego antiguo, el mandarìn, el arameo, el árabe, el japonés… Un autèntico y genuino polìglota a quien le calzaba con exactitud la expresión antigua de “mi patria es el mundo y mi familia es la humanidad.”

Tantos libros, tantos idiomas, tantas palabras y conjugaciones; tanta metáfora y tantos tropos lingüísticos. Tanto saber acumulado en un solo hombre naturalmente lo convirtieron en màs que un cultor de conocimiento en un sabio, estatuto sólo reservado para pocos miembros de la especie humana en un mundo y un siglo donde prevalece y domina lo que Johan Huizinga pudiera denominar homo videns y nuestro Mayz Vallenilla “la racionalidad ontolumìnica” o “la ratio thecnica”. Con la desaparición de Briceño Guerrero, para decirlo con palabras del filòsofo Juan Nuño, desaparece, físicamente se entiende, el pensador màs radicalmente original de Amèrica latina, se apaga un poderoso faro que alumbraba la tenebra de la Europa Segunda desde el pensar mantuano. Con la sensible partida del esteta, ciudadano del mundo y apátrida translenguado y transterrado de todos los idiomas la sufriente humanidad que ama la belleza y cultiva la verdad prescinde con desgarrado dolor ontológico de una de las conciencias màs lùcidas que ha dado el pensamiento ensayístico latinoamericano de entre siglos XX y XXI. El Maestro se ha ido: requiescat in pace.

(*) Historiador, poeta y ensayista