CARLOS DRUMMOND DE ANDRADE EN SU POESÌA

POEMAS DE DRUMMOND DE ANDRADE  descarga (1)

Rafael Rattia*

Por supuesto, eran otros tiempos; éramos más universales, teníamos la mirada y el oído colocados hacia la inmensidad del orbe; menos “endógenos” y sí; ciertamente más “neoliberales”.
Fundarte promovía entre sus Colecciones de Poesía lo más granado de la lírica hispanoamericana del siglo XX al lado de lo más digno de atención y reconocimiento de nuestra poesía venezolana. Hurgando en mi modesta biblioteca en estos días de Enero, encuentro un libro, editado por la Municipalidad del Distrito Federal, del gran poeta Carlos Drummond de Andrade en versión castellana de Gabriel Rodríguez que me ata por horas enteras a sus páginas de oro, claras y definitivas como el brillo eterno del sol.
Trece poemas contenidos en una treintena de páginas son suficientes para crear en el lector una reverencia cercana a la idolatría artística. Sin blasfemia, le ruego al lector que lo tome literalmente: después de Dios, el poema.
Me quedo prendado a la fascinación que ejerce esta poesía de este Itabirano, brasileño universal; su tristeza recóndita pero orgullosa, su radical ajenidad y extrañamiento a la nombradía y la fama literaria. Su poesía es una decidida vocación por el amor del prójimo que se fragua en el hábito del sufrimiento. Si este poeta no hubiese sido escritor (nació para escribir) de seguro hubiese sido un Santo. Viene de una tradición cultural que se remonta a los siglos que testimoniaron el origen de su comarca, de su natal matria. La melancolía psico-somática de la poesía de Carlos Drummond de Andrade le viene al bardo de Itabira de sus ancestros, de su rancia estirpe de aeda del dolor.
El recuerdo de su infancia, las vivencias de su silvestre adolescencia entre las haciendas de sus padres, la prodigalidad y la abundancia que signó su vida juvenil se hacen presentes en su poesía como una herida abierta en la memoria. Lo melancólico y lo elegíaco se juntan de modo inextricable en la poesía de Drummond de Andrade para otorgarle a su canto un tono extrañamente fúnebre en el que se advierte la caducidad del mundo objetivo que habita el poeta.
La existencia del poeta transcurre dentro de parámetros normales de aparente cortesía y el escritor vive para dar testimonio escrito de la futilidad de su época y del tiempo histórico que le tocó vivir. El sueño es para el escritor un sucedáneo de la muerte y así lo escribe en uno de sus más celebrados poemas titulado Elegía 1938; en él dice:

“Amas la noche por el poder de
aniquilamiento que contiene
y sabes que durmiendo, los problemas te
dispensan de morir
pero el terrible despertar comprueba la existencia
de la Gran Maquinaria
y vuelve a colocarte, pequeñito, ante palmeras
indescifrables.”

El patrimonio cultural que atesoró el poeta es tan vasto y de tales dimensiones universales que el lector queda asombrado por la incalculable riqueza de matices y detalles que brotan en los versos impregnados de sabiduría hindú, asiática, europea, y americana que filtran sus composiciones poéticas.

“Caminas entre los muertos y conversas con ellos
Sobre cosas del tiempo futuro y negocios del
Espíritu”

El amor y la espiritualidad juegan un rol central en la obra literaria de este brasileño de excepción. Aún cuando se esforzó por la búsqueda de lo que se conoce con el abstracto nombre de “felicidad colectiva”, siempre escribió sobre lo más logró conocer a fondo el escritor; acerca de su irremediable vocación de derrotado en la lides del alma. Su poesía nos habla de una forzosa “aceptación” de las taras de la civilización porque se sabía “impotente” en su deliberada soledad artística para influir en la ansiada transformación del mundo y sus reglas instituidas.
Leyendo los terribles poemas de Drummond de Andrade no puedo dejar de preguntarme qué diría el escritor si hubiera estado en este mundo el 11 de septiembre que hizo temblar el corazón del Imperio planetario? Veamos un breve fragmento de su Elegía 1938:

“Aceptas la lluvia, la guerra, el desempleo y la
Injusta distribución
Porque solo, no puedes dinamitar la isla de
Manhattan.”

El escritor se asume a sí mismo como un poeta consubstanciado con el nervio vital de su época histórica pero de ninguna manera al servicio de causas partidistas. La miseria, el dolor de ser tan sólo una cifra estadística entre millones de rostros sin esperanzas significaba para el poeta algo más que una bandera izada por alguna cofradía de “iluminados” o “profetas” vendedores de ilusiones de algún proyecto de sociedad futura.
La intemporalidad de su creación puede evidenciarse en versos como el que a continuación transcribo:

“No seré el poeta de un mundo caduco.
Tampoco cantaré al mundo futuro.
(…)
El tiempo es mi materia, el tiempo presente, los
Hombres presentes,
La vida presente.”(De la mano).

La poética de Drummond de Andrade se inscribe en la corriente de una historicidad constituyente fundada en la esperanza de la especie humana por crear otro mundo distinto al actual en el que sea posible la comunión de las almas en la contemplación de la belleza. Se trata de una poesía que se nutre del ineludible presente pero proyectada a su dialéctica superación. Una inocultable influencia heraclitea se advierte en el incesante fluir del río temporal del poema.
Para el poeta sólo el reino de las palabras es el reino del poema; ni el acontecimiento, ni los sentimientos ni el cuerpo son la materia de la cual se elabora el poema. Sólo la palabra y el silencio guiados por el infalible poder de la imaginación creadora hacen posible el surgimiento del poema. Toda palabra contiene su melodía y concepto y es oficio del poeta labrar el sonido exacto y el concepto exacto de cada palabra que integra el infinito mundo del lenguaje.
El poeta exalta el valor incomparable de la vida y de su razón de ser: el corazón. Tal pareciera decirnos el escritor que hay poesía allí donde hay seres humanos capaces de amar y de reír. Las edades pasan, los amores pasan, los golpes pasan; pero el corazón permanece, la vida continúa ahí fiel a los días y noches que le son dados vivir. Toda la poética de Drummond de Andrade es un canto a la utopía de esa imposibilidad que subsume a la especie humana en la peor ebriedad de la razón: la sed de justicia marca indeleblemente el tránsito de la humanidad sobre la faz del orbe. Si hay un poema en Latinoamérica que retrata completo en cuerpo y alma a un poeta en toda su abyección y sacralidad ese poema es “La flor y la náusea” de este inmarcesible poeta brasileño. Su didascálica diafanidad lo convierten en insoslayable propedéutico para todo escritor que aspire a escribir un poema que atraviese los siglos y las edades y sea siempre faro inextinguible de luz sobre el mundo, la vida, la existencia toda; es decir sobre la poesía

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ENTREVISTA IMAGINARIA A E.M. CIORAN

Rafael Rattia: ¿Monsieur Cioran, muchos escritores hablan de su infancia como un período paradisíaco y feliz que influye notablemente en la conformación de su obra literaria: qué puede decirnos de su infancia en Rasinari?

E.M.Cioran: La felicidad de la infancia es una redundancia; pienso que la ausencia felicidad es la que antecede a la existencia. Sólo ese período a-histórico en que permanecemos en la bolsa amniótica merece ser calificado de feliz. Si Usted se toma la molestia de observar atentamente a sus semejantes, no le será difícil advertir que “respirar” es la tortura más insoportable que le ha sido dado sufrir a la especie humana. La sociedad en general no es otra cosa que un “infierno de salvadores”. Si la felicidad es una dádiva proveniente de cualquier esfera del poder, la misma está destinada a convertirse pronto en fuente de desgracia y calamidad para el individuo. Solo los espíritus atormentados en su niñez pueden eventualmente prometerse en el curso de sus vidas la ilusión de esta fata morgana que los psicólogos denominan “felicidad”.

Rafael Rattia: ¿A qué le atribuye esa vehemencia, esa irrefrenable pasión por las ideas fascistas que lo mantuvieron prendado a la admiración de los movimientos ultraderechistas de su país en los años veinte?

E.M.Cioran: Desde siempre intuí que la lucidez y la pasión por el conocimiento llevan irremediablemente a quien las practica a una especie de enfermiza obsesión. Permítame decirle que soy de los que piensan que toda convicción política y filosófica comporta intrínsecamente un germen eclesial y una semilla dogmática. Yo soy un desesperado desde antes de ser concebido. Es incompatible ser de izquierda y al mismo tiempo ser pesimista. En mi juventud leí con enfermizo interés a Nietszche, Schopenhauer a los escépticos antiguos y déjeme decirle que cuando se muerde el polvo de la sabiduría ya no se tiene disposición para continuar en el espejismo de las utopías degradadas. El verdadero espíritu filosófico es incompatible con cualquier proyecto de sociedad futura. Cuando se atisba la verdad esencial ya no se quiere transformar nada; se llega incluso a desear que el aire no cambie, que el mineral se quede en su estado original y que los continentes y las estrellas continúen inmutables hasta el fin de los tiempos. Un espíritu despierto no quiere redimir a nadie de su “esclavitud” pero tampoco desea ser partícipe de ninguna intención para “transformar el mundo”. Desde muy joven comprendí que “la lucidez es incompatible con la respiración” y que la salvación, si tal cosa fuera posible, sólo es posible imaginarla desde una radical individualidad. Hay un asco en mi constitución biológica hacia todo lo que signifique querer darle inconsultamente felicidad a la gente. Nadie puede ser libre no lo desea desde su más honda naturaleza y el gran handicap ideológico de la izquierda mundial ha sido el querer abolir un tipo de esclavitud económica para instaurar una peor: la enajenación mental, la esclavitud espiritual, la religión del optimismo demencial.

Rafael Rattia: Hace diez años que alzó en vuelo del Búho de Minerva, tenga la gentileza de decirnos a quienes aún creemos estar vivos, qué extraña de todo cuando significó su paso por la existencia?

E.M.Cioran: Muchas cosas: ah, son tantas las cosas que añoro. Me gustaría estar vivo para continuar blasfemando la vida. Siempre quise ser un mortinato y por ello escribí “El inconveniente de haber nacido” ese virulento y exacerbado tratado contra futilidad de vivir. Lo que más me hiere no poder disfrutar aquí donde me encuentro es la imposibilidad de gritar con orgullo casi infantil mi condición de apátrida. Quisiera volver a escarnecer los nacionalismos y los falsos patriotismos que proliferan por doquier en esta “era de hierro planetaria”. Las banderas son engrudos que sirven para justificar cualquier apetito voraz de poder antropófago. Toda bandera es un vomitivo que causa más daño en la psique del ser humano que cualquiera de las enfermedades clínicamente detectadas por la ciencia médica. Las patrias son fuentes de desvaríos y desequilibrios de la razón.
Muero dos veces al no poder reunirme con mis amigos: Borges, ese “último delicado” que era capaz de sacrificarlo todo por la valoración estética del matiz, esa replica políglota de Homero que tantos momentos de suprema alegría vivimos juntos en nuestras largas conversaciones por los Jardines de Luxemburgo o en algún discreto parque parisino. Quisiera vivir para ser invisible como él mismo me confesó en alguna oportunidad. Igual extraño profundamente las visitas de Henri Michaux a mi apartamento de la Rue L’odeon; su fantástica imaginación y su asombrosa capacidad para conversar sobre temas abstrusos e insondables. Por él descubrí que la anécdota es en cierto modo el combustible que mueve toda la maquinaria del mundo real e imaginario y no sabe cuánto agradezco ese descubrimiento.

Rafael Rattia: Señor Cioran, porqué sus fobias a aparecer en la TV francesa o su reticencia a conceder entrevistas a los grandes medios de comunicación de Europa. Alguna razón especial para no hacer concesiones en esa materia?

E.M.Cioran: Fíjese, en la Antigüedad griega no había TV ni periódicos ni estaciones de Radio. En un olvidado libro escribí que en cierta ocasión un obispo africano quiso cambiar un transistor por una cabra a un campesino. Es la viva ejemplificación de lo que yo siempre quise: ser leído y conocido por mis libros y mi pensamiento antes que por la fachenda de figurar en el hórrido mundo de la imagen y el espectáculo. Puedo jactarme de decirlo: nunca pasé un solo día de mi vida sin escribir una línea. Parafraseando a un estratega militar suramericano: el colmo es llamarse escritor para no serlo. Escribo infatigablemente todos los días del año sin pensar en el destino que tendrán esas páginas que emborrono. Soy un ermitaño que logró salir de los Montes Cárpatos y hacerse un ciudadano cosmopolita a través de los libros y la lectura. Esa condición de eremita la cuido celosamente y no admito que la Gran Maquinaria del mercado literario me recupere para fines crematísticos y publicitarios. Desde la publicación de “Breviario de Podredumbre” me prometí no conceder entrevistas ni aceptar homenajes institucionales, pues siempre quise ser fiel a mi propósito de ser un “escritor de la sombra”. Jamás me dejé encandilar por el síndrome del vitrinismo que tanto sedujo al vedettismo intelectual internacional.

Rafael Rattia: Cuando el lector se enfrenta a su Obra advierte una dicotomía: por un lado en su escritura está un Cioran amargado, bilioso, huraño, decepcionado del mundo y de la vida; y por el otro, en el plano personal e íntimo, uno diametralmente distinto: hilarante de optimismo, chistoso, ameno y afable; en fin, la otra cara del escritor universalmente conocido. Cómo explica esa disyunción?

E.M.Cioran: Es sabido que la naturaleza humana es una y múltiple simultáneamente. No se concibe una caracterología unívoca ni unilineal. El ser es plural por antonomasia. Yo soy yo y “autre” –como gustaba afirmar a Rimbaud-. En mí cohabita el cielo y el infierno. Soy la herida y el puñal como dice el “heautontimoroumenos” de Baudelaire. Si tuviera que volver a escribir mis libros no quitaría ni una coma, ni un punto, ni un acento de ninguno de mis libros porque cada palabra responde exactamente a un determinado estado del alma y a un particular temperamento de mi sangre. Todo aquél que ha leído mis libros sabe que escribo para evitar el traspaso de los límites de la sensatez y la cordura. Lo que Usted llama “los dos Cioran”, en realidad es uno solo. Lo que sucede es que uno de ellos se desdobla para evitar que el otro desaparezca. ¿Entiendo lo que intento decirle? Ahora bien, no existe un propósito deliberado en mí para alimentar esa leyenda que se ha tejido alrededor del escritor; no obstante tampoco tengo mucho interés en hacer nada para disipar el mito literario.

Rafael Rattia: ¿De dónde proviene esa manía suya por el fragmento, esa obsesión por la frase breve, esa fiebre del laconismo. Acaso se trata de una elección de estilo?

E.M.Cioran: Mi escritura es el lógico y natural resultado de mi aversión a la sistematicidad en la filosofía. Soy esteta del aforismo porque mi ADN está imposibilitado para el Sistema. Todo lo que conduzca el pensamiento sistemático es asfixiante y aniquila la libertad de asociación de la ideas en su estado larvario que es, a fin de cuentas, lo que más me interesa como escritor. Tengo una máxima que me ha acompañado desde que adopté la escritura como forma de vida: “desconfiad de aquellos que quieren encerrarte dentro de una determinada concepción del mundo: obnubilan pero no iluminan el camino de la sabiduría.” Sueño con una civilización donde la concisión del poema sea elevado a la categoría de santidad. La reflexión sistemática es por definición exigente y no admite que te contradigas; en cambio cuando piensas por retazos, fragmentariamente, puedes contradecirte sin tener que pagar el vergonzoso precio del remordimiento y ello me gusta porque se aviene como anillo al dedo a mi temperamento. Porque eso es lo que soy: un escritor de temperamento, que escribe por mandato de sus estados de ánimo. Una vez dije que “era el secretario de mis sensaciones”. Hoy ratifico esa sentencia íntegra y añadiría: me gustaría ser el amanuense de mis fobias y mis ciclotimias.

 

 

Rafael Rattia: ¿Monsieur Cioran, muchos escritores hablan de su infancia como un período paradisíaco y feliz que influye notablemente en la conformación de su obra literaria: qué puede decirnos de su infancia en Rasinari?

E.M.Cioran: La felicidad de la infancia es una redundancia; pienso que la ausencia felicidad es la que antecede a la existencia. Sólo ese período a-histórico en que permanecemos en la bolsa amniótica merece ser calificado de feliz. Si Usted se toma la molestia de observar atentamente a sus semejantes, no le será difícil advertir que “respirar” es la tortura más insoportable que le ha sido dado sufrir a la especie humana. La sociedad en general no es otra cosa que un “infierno de salvadores”. Si la felicidad es una dádiva proveniente de cualquier esfera del poder, la misma está destinada a convertirse pronto en fuente de desgracia y calamidad para el individuo. Solo los espíritus atormentados en su niñez pueden eventualmente prometerse en el curso de sus vidas la ilusión de esta fata morgana que los psicólogos denominan “felicidad”.

Rafael Rattia: ¿A qué le atribuye esa vehemencia, esa irrefrenable pasión por las ideas fascistas que lo mantuvieron prendado a la admiración de los movimientos ultraderechistas de su país en los años veinte?

E.M.Cioran: Desde siempre intuí que la lucidez y la pasión por el conocimiento llevan irremediablemente a quien las practica a una especie de enfermiza obsesión. Permítame decirle que soy de los que piensan que toda convicción política y filosófica comporta intrínsecamente un germen eclesial y una semilla dogmática. Yo soy un desesperado desde antes de ser concebido. Es incompatible ser de izquierda y al mismo tiempo ser pesimista. En mi juventud leí con enfermizo interés a Nietszche, Schopenhauer a los escépticos antiguos y déjeme decirle que cuando se muerde el polvo de la sabiduría ya no se tiene disposición para continuar en el espejismo de las utopías degradadas. El verdadero espíritu filosófico es incompatible con cualquier proyecto de sociedad futura. Cuando se atisba la verdad esencial ya no se quiere transformar nada; se llega incluso a desear que el aire no cambie, que el mineral se quede en su estado original y que los continentes y las estrellas continúen inmutables hasta el fin de los tiempos. Un espíritu despierto no quiere redimir a nadie de su “esclavitud” pero tampoco desea ser partícipe de ninguna intención para “transformar el mundo”. Desde muy joven comprendí que “la lucidez es incompatible con la respiración” y que la salvación, si tal cosa fuera posible, sólo es posible imaginarla desde una radical individualidad. Hay un asco en mi constitución biológica hacia todo lo que signifique querer darle inconsultamente felicidad a la gente. Nadie puede ser libre no lo desea desde su más honda naturaleza y el gran handicap ideológico de la izquierda mundial ha sido el querer abolir un tipo de esclavitud económica para instaurar una peor: la enajenación mental, la esclavitud espiritual, la religión del optimismo demencial.

Rafael Rattia: Hace diez años que alzó en vuelo del Búho de Minerva, tenga la gentileza de decirnos a quienes aún creemos estar vivos, qué extraña de todo cuando significó su paso por la existencia?

E.M.Cioran: Muchas cosas: ah, son tantas las cosas que añoro. Me gustaría estar vivo para continuar blasfemando la vida. Siempre quise ser un mortinato y por ello escribí “El inconveniente de haber nacido” ese virulento y exacerbado tratado contra futilidad de vivir. Lo que más me hiere no poder disfrutar aquí donde me encuentro es la imposibilidad de gritar con orgullo casi infantil mi condición de apátrida. Quisiera volver a escarnecer los nacionalismos y los falsos patriotismos que proliferan por doquier en esta “era de hierro planetaria”. Las banderas son engrudos que sirven para justificar cualquier apetito voraz de poder antropófago. Toda bandera es un vomitivo que causa más daño en la psique del ser humano que cualquiera de las enfermedades clínicamente detectadas por la ciencia médica. Las patrias son fuentes de desvaríos y desequilibrios de la razón.
Muero dos veces al no poder reunirme con mis amigos: Borges, ese “último delicado” que era capaz de sacrificarlo todo por la valoración estética del matiz, esa replica políglota de Homero que tantos momentos de suprema alegría vivimos juntos en nuestras largas conversaciones por los Jardines de Luxemburgo o en algún discreto parque parisino. Quisiera vivir para ser invisible como él mismo me confesó en alguna oportunidad. Igual extraño profundamente las visitas de Henri Michaux a mi apartamento de la Rue L’odeon; su fantástica imaginación y su asombrosa capacidad para conversar sobre temas abstrusos e insondables. Por él descubrí que la anécdota es en cierto modo el combustible que mueve toda la maquinaria del mundo real e imaginario y no sabe cuánto agradezco ese descubrimiento.

Rafael Rattia: Señor Cioran, porqué sus fobias a aparecer en la TV francesa o su reticencia a conceder entrevistas a los grandes medios de comunicación de Europa. Alguna razón especial para no hacer concesiones en esa materia?

E.M.Cioran: Fíjese, en la Antigüedad griega no había TV ni periódicos ni estaciones de Radio. En un olvidado libro escribí que en cierta ocasión un obispo africano quiso cambiar un transistor por una cabra a un campesino. Es la viva ejemplificación de lo que yo siempre quise: ser leído y conocido por mis libros y mi pensamiento antes que por la fachenda de figurar en el hórrido mundo de la imagen y el espectáculo. Puedo jactarme de decirlo: nunca pasé un solo día de mi vida sin escribir una línea. Parafraseando a un estratega militar suramericano: el colmo es llamarse escritor para no serlo. Escribo infatigablemente todos los días del año sin pensar en el destino que tendrán esas páginas que emborrono. Soy un ermitaño que logró salir de los Montes Cárpatos y hacerse un ciudadano cosmopolita a través de los libros y la lectura. Esa condición de eremita la cuido celosamente y no admito que la Gran Maquinaria del mercado literario me recupere para fines crematísticos y publicitarios. Desde la publicación de “Breviario de Podredumbre” me prometí no conceder entrevistas ni aceptar homenajes institucionales, pues siempre quise ser fiel a mi propósito de ser un “escritor de la sombra”. Jamás me dejé encandilar por el síndrome del vitrinismo que tanto sedujo al vedettismo intelectual internacional.

Rafael Rattia: Cuando el lector se enfrenta a su Obra advierte una dicotomía: por un lado en su escritura está un Cioran amargado, bilioso, huraño, decepcionado del mundo y de la vida; y por el otro, en el plano personal e íntimo, uno diametralmente distinto: hilarante de optimismo, chistoso, ameno y afable; en fin, la otra cara del escritor universalmente conocido. Cómo explica esa disyunción?

E.M.Cioran: Es sabido que la naturaleza humana es una y múltiple simultáneamente. No se concibe una caracterología unívoca ni unilineal. El ser es plural por antonomasia. Yo soy yo y “autre” –como gustaba afirmar a Rimbaud-. En mí cohabita el cielo y el infierno. Soy la herida y el puñal como dice el “heautontimoroumenos” de Baudelaire. Si tuviera que volver a escribir mis libros no quitaría ni una coma, ni un punto, ni un acento de ninguno de mis libros porque cada palabra responde exactamente a un determinado estado del alma y a un particular temperamento de mi sangre. Todo aquél que ha leído mis libros sabe que escribo para evitar el traspaso de los límites de la sensatez y la cordura. Lo que Usted llama “los dos Cioran”, en realidad es uno solo. Lo que sucede es que uno de ellos se desdobla para evitar que el otro desaparezca. ¿Entiendo lo que intento decirle? Ahora bien, no existe un propósito deliberado en mí para alimentar esa leyenda que se ha tejido alrededor del escritor; no obstante tampoco tengo mucho interés en hacer nada para disipar el mito literario.

Rafael Rattia: ¿De dónde proviene esa manía suya por el fragmento, esa obsesión por la frase breve, esa fiebre del laconismo. Acaso se trata de una elección de estilo?

E.M.Cioran: Mi escritura es el lógico y natural resultado de mi aversión a la sistematicidad en la filosofía. Soy esteta del aforismo porque mi ADN está imposibilitado para el Sistema. Todo lo que conduzca el pensamiento sistemático es asfixiante y aniquila la libertad de asociación de la ideas en su estado larvario que es, a fin de cuentas, lo que más me interesa como escritor. Tengo una máxima que me ha acompañado desde que adopté la escritura como forma de vida: “desconfiad de aquellos que quieren encerrarte dentro de una determinada concepción del mundo: obnubilan pero no iluminan el camino de la sabiduría.” Sueño con una civilización donde la concisión del poema sea elevado a la categoría de santidad. La reflexión sistemática es por definición exigente y no admite que te contradigas; en cambio cuando piensas por retazos, fragmentariamente, puedes contradecirte sin tener que pagar el vergonzoso precio del remordimiento y ello me gusta porque se aviene como anillo al dedo a mi temperamento. Porque eso es lo que soy: un escritor de temperamento, que escribe por mandato de sus estados de ánimo. Una vez dije que “era el secretario de mis sensaciones”. Hoy ratifico esa sentencia íntegra y añadiría: me gustaría ser el amanuense de mis fobias y mis ciclotimias.

MI EXPERIENCIA CON EL CÀNCER

Mi experiencia con el cáncerIMG_5365

RAFAEL RATTIA

@rattia

Todo comenzó con una simple molestia en la fosa nasal izquierda. En las mañanas, al despertar siempre sentía cierta dificultad para respirar; una incòmoda obstrucción en la narìz que me congestionaba los senos paranasales y me sobrevenía al cabo de un rato de haberme despertado un singular dolor de cabeza especialmente localizado en el área frontal de mi cara.

Una cierta mañana de hace unos 12 años no pude seguir soportando màs las desagradables incomodidades de las sintomatologías antes descritas y me dije: nada, voy al mèdico a ver què es eso que me fastidia tanto. Me dispuse a tomar una cita con el otorrinolaringólogo y, una vez examinado paciente y minuciosamente, el especialista dictaminò el origen de mis “molestias” nasales. Resultados preliminares de los estudios dignòsticos: pólipos y tejidos nasales en el área de estudio. Recomendaciòn mèdica: cirugía ambulatoria por polipectomìa nasal y posterior biopsia de la masa extraída.

En el interìn, entre lo que va de la cirugía y los resultados de la biopsia siempre hay un paréntesis caracterizado por la aprehensibilidad angustiosa de todo paciente y yo no sería, obviamente, la excepción. Terminada la larga espera de los estudios de laboratorio recibo un sobre de manos del mèdico tratante y me dice: ¡malas noticias amigo Rattia! Por la cara que puso el mèdico y su tono de voz inferí que los resultados contenidos en aquel Sobre blanco eran positivos. Ciertamente, en efecto, al llegar a casa leì con estupor los resultados de laboratorio: Tejido epitelial atìpico con células malignizadas.

Con la premura y urgencia del caso me fuì a la capital de la Repùblica y gracias al grandioso equipo de cirujanos oncólogos que encontrè en el Hospital Oncològico “Padre Machado” fuì sometido a una maxilectomìa radical izquierda, cirugía máximamente invasiva de corte mutilante que ameritò remoción parcial de encía superior izquierda y dentadura y remoción parcial de paladar duro y piso de òrbita con posterior implante de pròtesis de porex en área malar removida e implantes de mallas de titanio con tornillos micro quirúrgicos en zona superior del ojo. Todo ello lo traigo a colaciòn porque deseo compartir con mis eventuales e hipotéticos lectores mi experiencia vital con esa terrible enfermedad que ha mutado en pandemia planetaria y dejado en la orfandad a millones de seres humanos que pudieron haber “sobrevivido” a las consecuencias deletéreas de tan nefanda plaga universal. Doce años ha que pasè por el gòlgota insufrible del padecimiento del inenarrable mal que continùa abatiéndose contra cientos de miles de niños, jóvenes, adolescentes y adultos de ambos sexos; seres humanos sin distingos de credos religiosos, de color de piel, de diferencias de ninguna índole que sufren los indescriptibles rigores de tan abominable afrenta a la especie humana.

Quiero dejar constancia en esta breve crónica de la importancia que tiene para el paciente que padece esta dolencia el concurso de los sentimientos de apoyo emocional y anìmico por parte de los familiares y amigos para que la enfermedad sea humanamente susceptible de superarse. En mi caso particular, pude contar con la infinita bondad de mi amorosa familia y de mi entorno filial de amistades y allegados que siempre han estado ahì, en la adversidad y la alegría, en las buenas y en las malas. A decir verdad, tengo pocos amigos pero me ufano de tener pocos que valen legiòn y los cuido y quiero tanto como ellos me prodigan su afecto y amistad genuina. No porque algo sea obvio hay que dejar de decirlo y aquí quiero reafirmar y subrayar la imponderable importancia de la filìa platónica en los procesos de restauración y re-establecimeinto de los equilibrios psico-somàticos del ser en tiempos de precariedad de la salud corporal, orgánica y psicológica. Es irrecusable, los buenos deseos y parabienes, los sentimientos auspiciosos de bienestar provenientes de nuestros familiares y amigos representan una inexpugnable barrera que impide al sistema inmunológico precarizarse y deteriorarse por efectos del irracional proceso de oxidación mitocondrial. En una palabra, el amor sana, en tanto que los sentimientos de rencor y odio propician un campo de ondas electromagnéticas de índole adversa al proceso de sanación.

@rattia