La ciudad no tiene la culpa

La ciudad no tiene la culpa

RAFAEL RATTIA

 

Una mañana cualquiera de un  Febrero moribundo, a veinte siete años del mìtico caracazo salgo a la calle a realizar diligencias cotidianas propias de la elemental sobrevivencia en procura de los pocos alimentos que aùn pueden adquirirse en medio de la zozobra de la multitud y la turba hambrienta que se estruja entre sì para comprar dos harinas y un espaguetis y la ciudad se revela en toda su esplèndida “aura mediocritas” y en su munífico descalabro arquitectónico. Por doquier un pestilente hedor a detritus humano y basura; inimaginables desechos de inenarrable ìndole se enseñorean de plazas, parques y paradas de transporte públicos; el “hombre nuevo” se pasea a sus anchas con sus harapos malolientes y en medio de su delirio de homo loquens-tremens.demens bolivariano farfulla frases entrecortadas incoherentes que semejan màs sonidos guturales que expresiones de lógica sintaxis.

Ya dentro del bus una profesora que dice tener dos postgrados (Maestrìa y Doctorado) se queja con un doloroso dejo de lamento irremediable y sostiene que una cuarta parte del mendrugo de salario infame que recibe debe destinarlo al pago del pasaje para trasladarse a su lugar de trabajo. Ayer, dijo la profe, un bandido bachaquero me asediò hostilmente para, casi bajo amenaza, tratar de venderme un litro de aceite de comer por la escandalosa cifra de mil bolívares. En el asiento contiguo, su compañera de bus le susurra a media voz que baje el tono, que el bus es “rojo-rojito” y la pueden bajar o agredir como agreden a quien osa tomar fotos en las colas kilométricas que diariamente se forman en Carnes Venezuela las màs de las veces inútilmente.

¡Pròxima parada!, se escucha un coro de voces que truena en el interior del buscèfalo rojo. Al bajar hasta la acera de la avenida una ráfaga de aire àcido y revulsivo impregna los conductos nasales de los viandantes y de entre la multitud un chorìn, de apenas unos 17 añitos, justo nacido en revolución, le arrebata el bolso de tela que llevaba la profesora posiblemente contentivo de su mìsera quincena con su cesta ticket incluida.

-¡Al ladròn, al ladròn!, clama la atribulada profesora en un vano intento por darle alcance al pionero de la patria socialista que se esfuma por entre la multitud y el bullicio de la mañana sabatina. Otro logro màs de la revolución bolivariana. Hecho en socialismo, hecho en revolución; dice alguien que presencia la terrible escena ya es el pan nuestro de cada dìa, es normal, es la revolución, ocurre cuando lo extraordinario se vuelve cotidiano. La enciclopedia Wikipedia lo denomina “oclocracia”, la Sociologìa de la vida cotidiana (Anna Arendt) la llama el imperio del “lumpemproletariat”; al final de cuentas poco importa la definición, pues en un caso como en otro ambos fenómenos ilustran una misma fenomenología teratológica de sociopatìa clínica, el locus socius adolece de una espantosa degeneración ètico-moral que no admite parangón ni antecedentes históricos en nuestra vida republicana. Es un fenómeno absolutamente inédito en la vida de nuestra contemporaneidad. Los cientistas sociales deben ingeniárselas con su inventiva epistémica para crear nuevos constructos categoremàticos y una novísima semiosis socioantropològica para dar cuenta de la espeluznante realidad sociopolítica que emerge a la superficie de la Venezuela del presente aciago que vivimos los venezolanos.

* twitter: @rattia

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