TRES POEMAS

TRES POEMAS

RAFAEL RATTIA

 

Este es el reino que me habita:

Una crispación de remero insomne

Que boga siempre contracorriente

Un dolor antiguo que resiste a su extinción

Una lepra que camina sobre las aguas detenidas

Por la melancolía indígena de mis ancestros

Y reside en mí el reino del padecimiento

Que no muda de piel

El dolor otra vez fisiológico

La queja inextinguible que no cesa jamás

Y lastima cruelmente mi vida metafísica

De meteco alucinado

Vivo en el reino del sufrimiento

En el país del dolor secular

Mi herencia es este amasijo de nervios descoyuntados

Este vertedero de ansiedades que huyen despavoridas

Hacia las regiones imaginarias de la diáspora.

 

 

 

Cola al revés

Esto también lo vaticino

Ellos, que también esquilamron el

Rebaño de sus mejores galas

¡No pasaràn!

Atisbo el dìa que en también hagan colas

No tan largas como las que hacen los

Habitantes decapitados del país extraviado

Para ir al cadalso, temblorosos, con ojos vidriosos,

Seguros de toda certidumbre, de su horca inexorable

Està visto por entre los ceñidos pliegues de la historia

Patria abominable se adivinan los gemidos llorosos

De los antiguos perseguidores implorando una clemencia

Que nunca quisieron otorgar a sus adversarios en los días

De gloria efímera

Apuren sus cálices rebosantes de heces diabólicas

Grandísimos hijos de puta

Que luego no habrá tiempo para el perdón ni  olvido.

 

 

La corriente del exilio

 

El río turbio llevaba sus raudales

Con violentas corrientes  irascibles

A puertos desconocidos

Cada día   cada noche   cada nuevo amanecer

La insistencia del río me golpeaba raudo contra

Los tristes mosures de la desdicha

Y las flores mortecinas de La Bora celeste

Vaciaban sus fragancias melancólicas en mis

Alforjas imaginarias

El espejo inmóvil que siempre me refleja

Devuelve infinitas imágenes de otro tiempo

Que sigue fluyendo en mis venas de indómito

Aborigen trashumante

Yo bogo contracorriente por entre los meandros

De una ciudad hostil enclavada sobre los

Arrecifes de una discordia sin fin que naufraga

Implacable la nave de la estulticia

Mi hogar es un lugar inaccesible  un espacio sin espacio

Una forma que se desconoce y se esfuma cuando apenas

Intenta nacer en mí

Yo soy el Beduino fluvial que vive itinerante

Huyendo de sí mismo

El meteco hostigado por los poderes terrenales

Del hombre

La lengua mancillada que se impide narrar

Su incertidumbre acuática

Yo soy esto que no puedes ver

 

 

 

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Polìtica e indiferencia

Política e indiferencia

RAFAEL RATTIA       @rattia

 

El precio que debe pagar una nación por su ignorancia siempre será más alto en relación proporcional a su indiferencia hacia los asuntos públicos que le conciernen de cerca. Por ejemplo; un ciudadano que por equis motivo decide no involucrarse en política argumentando que la política es sucia, que la política es hipócrita, que el reino de la política es el de la traición y la corrupción, es obvio que corre el riesgo de terminar gobernado por los peores individuos y los más proclives al degredo moral y a la degradación ética.

Los griegos antiguos sostenían que  quienes no participaban de los asuntos públicos merecían el mote de idiotas. Un idiota era entonces un indiferente. Ya sabemos que le depara a los indiferentes que huyen de la política por no mancharse del barro que de ella emana.

No dejaban de tener razón los griegos en su calificativo hacia los indiferentes. Somos gobernados por los peores porque no nos atrevemos a intervenir decidida y protagónicamente de modo apasionado en la vindicta pública. Dejamos en manos de los más ignaros y ágrafos el destino de la res pública; esto es, la cosa pública, esa que nos envuelve, involucra y concierne a todos, sin excepción, los habitantes de una nación. De allí que cuando nos desentendemos de la trepidante realidad real de la polis y de la nomìa, es decir de la ciudad y de la ley terminamos siendo gobernados por los vivarachos papanatas de la “realpolitik”. Al fin y al cabo nos dejamos imponer la subcultura de la vulgata y terminamos arrastrados aguas abajo, por la política de baja estofa, se impone casi en nuestras narices la política de la peor ralea. Los menos aptos toman por asalto las arcas públicas y se adueñan del erario nacional casi con nuestra “anuencia” y “aprobación” por indiferentes.

En Venezuela, para ser màs exactos, en la Venezuela que sufre y padece los rigores deletéreos de la revolución socialista, una amplísima franja socio-demogràfica poblacional cada dìa que transcurre se asume màs escéptica e incrédula respecto de la antigua seducción que ejercía lo político como hecho social por antonomasia. Legiones de venezolanos cada dìa se desafilian màs de las ofertas y propuestas de intervención organizacional que pudieran hacer las estructuras y movimientos políticos partidistas. Una alergia social se ha ido instalando en la piel de la sociedad nacional, una terrible animadversión recorre la psique colectiva del venezolano.

La subcultura cuartelaria del militarismo bolivariano desmovilizó las capacidades de participación de grandes sectores policlasistas que atraviesan longitudinalmente el cuerpo societal  instalando en los màs intersticiales escondrijos de la sociedad el virus corrosivo del neopopulismo de izquierda latinoamericano que tanto daño moral y socio-polìtico le hizo a los ciudadanos de las naciones donde logro inocular: Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Venezuela. La infamante cultura de la dàdiva, (la bolsa de comida casa por casa) las becas y canonjías como premio y estìmulo a madres jóvenes adolescentes embarazadas, las llamadas casas abrigo comedores populares que llevaban el nombre de Negra Hipòlita que daban comida gratis a los clochard y mendigos en situación de calle, (verdaderas osadìas de demagogia clientelar populista) todo ello con el inmoral propósito de reforzar en el ser nacional la cultura de la dependencia y el paternalismo rentístico de la narrativa petrolera.

Esa especie de “déjeme pensar por usted” que en el fondo no traduce otra cosa que una delirante heteronomía enajenante y expropiatoria de las potencialidades subjetivas del ciudadano ha inducido una abulia y parálisis de la voluntad creadora del venezolano. El individuo se amodorra y acostumbra a no pensar ni actuar en la búsqueda y resolución de sus propias problemáticas; el partido único del destacamento de vanguardia de la revolución socialista bolivariana fomenta una dialéctica fenomenológica del chinchorro que recuerda con inequívoca claridad meridiana la celebérrima “dialéctica del amo y el esclavo” de Hegel en su “Fenomenología del espíritu”. O un poco màs atrás, a Etienne de la Boetie en su reconciliación del esclavo con su amo en el “Discurso sobre la servidumbre voluntaria”. No otra cosa trae como consecuencia lógica la perversa relación asimétrica entre gobernados y gobernantes que conocemos con el genérico nombre de “indiferentes”.

POETAS GOBIERNEROS

RAFAEL RATTIA

 

Desde tiempos inmemoriales, como se dice coloquialmente, en la viña del Señor, ha habido poetas de todas las pelambres; los hubo cortesanos, advenedizos, panegiristas, adulantes e hilvanadores de ditirambos exaltatorios del Rey, del monarca, del presidente y de los ministros. Desde que el primer pitecantropus se puso a reflexionar a la entrada de una cueva, han existido poetas timoratos y pusilánimes que escogieron el camino màs corto de la prosternación genuflexa ante la corte palaciega; tal timoratez y pusilanimidad moral siempre anida más fácilmente en la cabeza de aquellos escritores por encargo que viven en las nubes pero bajan religiosamente los quince y último de cada mes a la taquilla ministerial a cobrar sus canonjías y emolumentos por sus servicios prestados al Moloch estatocràtico.

En tiempos no muy lejanos de vacas gordas usted los veía estampando sus firmas en los vergonzantes manifiestos de apoyo y legitimación de la bota militar bolivaresca y se ufanaban de ver que  sus grises nombradías municipales aparecieran rubricando dichos manifiestos al lado de las canònicas voces de la perfidia y de la declinación de la contestación.

Por fortuna, y gracias a la intempestiva baja en los precios del petróleo y la consecuente disminución de los ingresos por concepto de renta petrolera a las arcas nacionales, las migajas que caían eventualmente del bochornoso festìn del Pantagruel cìvico-militar en los bolsillos de los poetas oficiales y oficiosos, han escaseado tanto que en este tiempo de hambruna generalizada que padece la patria de Andrès Bello, Juan Antonio Pèrez Bonalde, J.A. Ramos Sucre, Vicente Gerbasi, Eugenio Montejo, Rafael Cadenas, por sòlo citar algunas voces fundacionales de nuestra poesía venezolana, los bardos de la revolución han decidido guardar silencio ante la abominable catástrofe nacional de esta destartalada gasolinera al sur de Miami en que el socialismo convirtió la antigua y borrosa Venezuela de las brillantes y hondas sensibilidades lìricas de todos los tiempos.

Es evidente que la llamada poesía compromisaria del más puro estilo del “engagement” sartreano, lèase Jean Paùl Sartre, la poesía que brota de la piedra filosofal del gaseoso “estado mayor de la cultura” es lo màs parecido a una imprenta clandestina forjadora de frases huecas y bambalinas ideológicas demodé  dirigidas a mantener la triste eclesìa ateològica de los llamados poetas chavista o poetas socialistas o revolucionarios. Los poetas del moribundo proceso anti-imperialista, con la estampida que generó la muerte- ¿o asesinato según Aristóbulo Istùriz? – del “poeta mayor” parafraseando a  Luis Alberto Crespo, viven los últimos estertores de lo que no tengo dudas en denominar la última utopía cuartelaria continental del siglo XX. ¿O acaso no está a la vista de todos incontestablemente? Muerto el padrote de la manada, los poetas de la revolución quedaron en una terrible orfandad sin santo y sin limosna; desgaritados y sin rumbo, a la deriva, al garete y, valga la metáfora, como una tabla zozobrante en un mar encrespado de incertidumbre sociopolítica. No hay mejor espejo para un país que sus poetas. De aquellas narcóticas y tóxicas  ilusiones paternales del manirrotismo populista bolivarero vienen estos aedas de la trapa, de aquellos polvorines antropocòsmicos y aquellas ebriedades ocasionadas por las incomprensibles e incoherentes lenguaradas del profeta insepulto vienen estas necrofìlicas y violentas imágenes tropológicas que gobiernan el imaginario colectivo de esta república de tristes y desahuciados que pululan insomnes por las colas del infierno. Ahí donde hubo, tiempo ha, razón sensitiva, amoroso cultivo de la imagen sensible por el espíritu nacional, sólo va quedando la piedra insensible ataviada de musgo y baba dogmática de la poesía arrodillada y pedigüeña del poeta indigno de llamarse tal. Donde otrora florecieron las polìcromas multiplicidades de sentido convivencial y civilista hoy, amargamente, prevalece la flor negra y pestilente de la intolerancia y el culto a la muerte cuyas despeñidas y harapientas banderas de la discordia y el encono aún persisten en  izar inútilmente los poetas filotirànicos que van quedando del naufragio nacional.

@rattia

LA DEMOCRACIA COMO ACRACIA

RAFAEL RATTIA*

En algún lugar,  que mi Mnemosine no atina a recordar con suficiente diafanidad debo haber leído que “la verdadera y autèntica democracia sòlo es posible pensarla y ejercerla como acracia”. Desde hace unos dos mil quinientos años, los griegos, que todo lo sabían, o casi todo en verdad, se dieron un sistema de organización socio-polìtica que atinaron en llamarle con el sugestivo nombre de “democracia”. El étimo de la palabra casi mágica pero esencialmente problemática y en rigor –estricto sensu- polisémica hunde sus raíces en esa entidad sociodemográfica gaseosa que unos y otros entendemos como el pueblo.

El demos, esto es, el bajo pueblo descalzo, harapiento, desdentado, chancletudo, preterido de todos los siglos y épocas, el tumulto y la turba que se aglomera en las inmediaciones de los mercados y va a misa los domingos, el pueblo que asiste a los sepelios de sus deudos, el que paga sus impuestos y se enferma y muere de mengua en un pasillo de un destartalado hospital por falta de insumos médicos; en fin, el “bravo pueblo” que canta el himno nacional y hace colas por un tubo de dentífrico y una barra de jabón en medio del abrasador sol y la implacable lluvia de un desvencijado país que ya no se sabe a ciencia cierta si aún es una país o ya es exactamente un remedo de él.

Si la democracia es, repetimos, en su histórica raíz etimológica, el gobierno del pueblo ejercido por el pueblo y para el pueblo, entonces, obviamente ese mismo gobierno (kratos= poder) se ejerce explícitamente desde el anonimato de lo colectivo a través de una figura simbólica representativa que conocemos con el nombre de sufragio. Por ejemplo, yo elijo a un representante y deposito en èl mi confianza para que, en mi nombre, transitoriamente, hable y actúe investido de poder que yo le conferí en comicios libérrimos, secretos y consensualmente confiables. Si, hipotéticamente, llegado el caso, estimo que la confianza que yo deposité en mi representante ha sido defraudada y me siento traicionado puedo apelar a mi derecho inalienable de solicitar “revocatorio de mandato” previa solicitud de rendición periódica de cuentas a través de los mecanismos jurídico-políticos e institucionales que la misma democracia crea para tales fines.

Evidentemente, como dicen los textos elementales de la teoría política, la soberanía reside en el pueblo, quien la ejerce a través del voto. De modo tal que la cacareada democracia participativa y protagónica, una vez electo el diputado, el Alcalde, el gobernador, el Presidente u otro representante popular, queda confiscada y expropiada por el representante de marras quien hará todo lo que políticamente estè a su alcance para burlar los mecanismos de vigilancia y control que establece la ley en la materia.  Uno de las peores aberraciones jurídicas constitucionales que han pretendido infructuosamente instituir los regímenes políticos con vocación militarista y totalitaria es la de la socorrida “re-elecciòn indefinida”. Iosif Stalin, Kim Il Sung, Nicolae Ceaucescu, Fidel Castro, Hugo Chàvez… todos ellos de nítida e irrevocable  filiación filotirànica intentaron con màs o menos éxito implantar una dictadura monopartidista y vitalicia que durara per secula seculorum, hasta el fin de los tiempos; naturalmente, pronto sea dicho, sus tristemente célebres ejecutorias fueron llevadas a cabo siempre invocando el sacrosanto término de origen griego.

Únicamente es posible hablar, en puridad, de democracia cuando estamos en presencia de una meridiana separación de poderes. Sean los poderes sobre los que teorizó Montesquieu, sean los otros que propuso Bolívar como instancias institucionales complementarias a saber; el poder electoral, el poder moral o ciudadano.

Todo poder, si en verdad presume de ser democrático, debe aspirar ser como la esfera pascaliana; “cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna”, es decir; el poder reside en el pueblo quien lo delega circunstancialmente y lo reclama para sí cuando éste lo estima pertinente. No cabe duda, tal pareciera que Venezuela vive justamente una coyuntura histórica signada por una exigencia de carácter cíclico. La actual coyuntura socio-política por la que atraviesa el país es asaz neurálgicamente delicada. Su élite gobernante está literalmente de espaldas a la historia e insiste en remar contracorriente y colocarse en sentido adverso al devenir de nuestro tránsito republicano.

El país clama agonalmente por un giro sustantivo en las políticas públicas que están llevando a millones de connacionales al abismo de la pobreza extrema y de la miseria atroz.  Legiones de venezolanos ya cruzaron el umbral de humana condición y se lanzan a los tachos de basura a hurgar entre restos de desechos en busca de algún resto de comida para no morir de hambre. Sin metáforas. Obviamente, a la luz de toda evidencia, un país así no puede ufanarse de vivir en una democracia tal como se conoce en el mundo civilizado.

@rattia