HAMBRE, MISERIA Y REPRESIÒN

Hambre, miseria y represión

RAFAEL RATTIA

 

El tétrico cuadro histórico que pinta la revolución socialista venezolana no puede ser màs desolador; por doquier se observan connacionales desesperados hurgando entre los containers de basura y desperdicios en procura de algún resto de verdura medio buena que sacie o amortigüe al menos los rigores implacables de la hambruna que se cierne sobre los maltrechos estómagos de los venezolanos. He visto, no sin un lacrimoso estupor, a gente que aún no es indigente, esculcando entre los tachos de basura de las panaderías en busca de un trozo de cachito o un pedazo de algún sándwich dejado al desgaire por una pareja de enamorados.  ¿Qué hay hambre en Venezuela? Pero por supuesto que hay hambre y hambre que da miedo. Como decíamos cuando estudiábamos bachillerato, hay hambre que juega garrote. Legiones de jovencitos deambulan aturdidos por la incertidumbre de no poder mitigar los efectos de la “hambruna” que se enseñorea sobre ellos.

Una generación infanto-juvenil que viene creciendo espoleada por la anemia màs cruel y dolorosa bajo un sistema social y político indolente que tiene en su pecho piedras por corazón. La venezolana es la única revolución del continente hispanoamericano que, prometiendo en sus pródromos villas y castillos trajo como resultado este cementerio de sueños desvencijados y herrumbrosos que nadie en su sano juicio quiere para sì ni para sus hijos. La revolución resultó ser una infernal máquina de fabricar cadáveres; con toda certeza, no queda ya una sola familia que no haya sido diezmada por la demoniaca fuerza tanàtica del hampa. La guadaña delictual siega sin contemplaciones de ninguna índole “per capita famili” y siembra duelo y dolor insufrible en el seno de legiones de hogares venezolanos. Ahora bien, viéndolo bien con sosegada sindéresis, todo lo que vivimos y padecemos la inmensa mayoría de los venezolanos, toda esta borrasca tempestuosa que todo lo arrasa a su trepidante paso mortuorio es el natural resultado de aquellas arengas violentas; las tempranas amenazas de barrerlo todo con el huracán revolucionario ha dado sus frutos y casi nada queda ya en pie de la antigua edificación superestructural democrática y civil de la Venezuela multipartidaria y de cultura política alternativa.

Todo, o para ser un poco màs exactos, casi todo, ha sido literalmente demolido por el deus ex màchina de esa epifanìa milenarista llamada “revolución bolivariana”; desde los antiguos esplendores arquitectónicos de las ciudades industriales que otrora venían abriendo horizontes de pujante desarrollo económico como Maracay, Valencia, Barquisimeto, Maracaibo, Puerto La Cruz, hasta los modales y formas de trato y cortesía que  caracterizaba al venezolano de finales del siglo XX, -repito- todo fue arrancado de raíz y aventado al museo de los trastos viejos de la desmemoria y el deshonor. La revolución pasó por estos predios suramericanos como un tsunami derrumbando todo cuanto a  su paso hallaba y dejando sólo entre los sobrevivientes del ciclón revolucionario desolación y abandono. Hambre, miseria, miedo y destrucción. Venezuela vive entre ruinas. Pero la peor de todas las debacles es, evidentemente, la ruina moral del país; el andamiaje axiológico, el tinglado ètico-moral de la venezolanidad ha sido minado por el cipayaje procubano, el deletèreo y fatuo internacionalismo proletario de raigambre marxista-leninista, esa otra forma de neoliberalismo al revés y de entreguismo irredento de lo màs puro de nuestra venezolanidad ha inoculado en nuestro volkgeist una inhibición tal que muchos connacionales se avergüenzan de ser venezolanos. Sotto voce se comenta en las conversaciones Venezuela adentro que la èlite gubernativa  nativa (perdóneseme la cacofonía) tiene una relación de vasallaje respecto del generalato cubano que manda y demanda entre nosotros logrando convertir a Venezuela en un enclave geoestratégico y político de dominación  en  las pretensiones neoexpansionistas cubanas en el hemisferio nuestroamericano.

La revolución ha sido un rey Midas al revés, todo lo que tocó lo convirtió en su contrario; lo bello lo trastocó en algo feo y horripilante, lo sublime y aristocrático lo convirtió en miserable y harapiento, lo orgulloso y distinguido lo trocó en mendicante y abominable. Ahí donde antes había belleza hoy reina la fealdad y el hedor. Donde hubo salud y bienestar hoy impera el dolor y la angustia, el desasosiego y la desesperanza se ha adueñado del espíritu de la nación. Todo el cuadro desolador que trazan las líneas anteriores es caldo de cultivo para la proliferación de la droga y del quebranto de la norma que debería regir las conductas y el comportamiento del ciudadano respetuoso de la ley y temeroso de las consecuencias de  su infracción. No olvide el lector que todo este apocalipsis que vivimos tiene autorìa intelectual, es decir tiene nombres y apellidos.

Historia y Ciudadanìa

Historia y Ciudadanìa

RAFAEL RATTIA

 

Es una verdad de Perogrullo; el hombre es un animal histórico por donde se le mire, y es obvio que también lo es histèrico. Es una extraña y subyugante totalidad orgánica de razones y sinrazones, de lógica y racionalidad; no cabe duda de que homo sapiens es, al decir de Morin, delirum tremens y homo demens con igual estatuto de pertinencia o legalidad epistémica y política.

Es literalmente imposible separar la cordura de la locura; todo ser humano en una cierta medida es un poco cuerdo y un poco loco también. Cada quien con su locura reza el dicho popular. “Mira, ahì va el loco ese, obsérvalo, velo pero que no te vea que se pone furioso cuando te quedas mucho rato mirándolo…” “Èl estaba bien pero un dìa amaneció màs loco que una cabra y comenzó a caminar calle arriba y calle abajo y dejó de comportarse como uno màs de nosotros… ¡pobrecito!”  Son expresiones y frases que se escuchan con frecuencia entre los venezolanos.

Traigo a colaciòn la dilemática relación entre locura y cordura porque es imposible dejar de ver los nexos que existen entre “historia y ciudadanía”. El ciudadano no nace, es obvio, sòlo se adquiere una ciudadanía en el intenso fragor de su ejercicio y despliegue dentro de la historicidad de lo social. Un ser social es un ser político por antonomasia y la política es cordura y sindéresis, ser y hacer política es hacer gala de morigeración y ecuanimidad. Todo lo contrario de la hybris, del caos y la guerra. La violencia, tanto verbal como física, es patrimonio exclusivo de las pràcticas fratricidas. La guerra es, en sus infinitas facetas y màscaras,  la antípoda de la dialògica y de la negociación. “O hablamos o nos matamos” dice la conseja popular. Nada màs cierto, nada màs aterradoramente cierto; o dialogamos o nos exterminamos mutuamente. La historia patria tiene de esa cabuya un rollo largo que da para medir siglos enteros desde épocas prehispánicas hasta este triste, aciago y lamentable presente histórico e histèrico que malvivimos o padecemos. No nos empeñemos en negar lo evidente; la sociedad venezolana sufre los terribles rigores de un espantoso esquizo; tànatos le lleva ganada la lucha a biòs. La vida en la Venezuela revolucionaria y socialista ha sido arrinconada por la sociedad delictiva. El hampa domina los màs inaccesibles escondrijos del ser venezolano. Las familias están desguarnecidas, los hogares se encuentran a merced del transgresor de la ley y viven atemorizados a cualquier hora del dìa. El miedo se ha inoculado en el ànimus nacional. Miedo y temor proliferan como la verdolaga en los amplios predios del “campo social” (Alain Touraine dixit). Quièn puede osar negar que la sociedad experimenta un vertiginoso proceso de desciudadanizaciòn. Nadie en su sano juicio se atreve a desconocer que la anomia social se ha entronizado en los pliegues màs recónditos del tejido societal venezolano. La nuestra es una sociedad profundamente enferma que raya los bordes de lo clínicamente patológico.

Todos los rasgos distintivos de la sociedad bajo la terrible ègida militar estatalista bolivarera, -que no bolivariana-, revelan  el yugo de nuevo cuño que los subimperialismos sino-soviètico y el protectorado insularista cubano ha logrado implantar en esta gasolinera al Sur de Miami que aùn insistimos en seguir llamando Venezuela.

HISTORIA Y CIUDADANIA

Historia y Ciudadanìa

RAFAEL RATTIA

 

Es una verdad de Perogrullo; el hombre es un animal histórico por donde se le mire, y es obvio que también lo es histèrico. Es una extraña y subyugante totalidad orgánica de razones y sinrazones, de lógica y racionalidad; no cabe duda de que homo sapiens es, al decir de Morin, delirum tremens y homo demens con igual estatuto de pertinencia o legalidad epistémica y política.

Es literalmente imposible separar la cordura de la locura; todo ser humano en una cierta medida es un poco cuerdo y un poco loco también. Cada quien con su locura reza el dicho popular. “Mira, ahì va el loco ese, obsérvalo, velo pero que no te vea que se pone furioso cuando te quedas mucho rato mirándolo…” “Èl estaba bien pero un dìa amaneció màs loco que una cabra y comenzó a caminar calle arriba y calle abajo y dejó de comportarse como uno màs de nosotros… ¡pobrecito!”  Son expresiones y frases que se escuchan con frecuencia entre los venezolanos.

Traigo a colaciòn la dilemática relación entre locura y cordura porque es imposible dejar de ver los nexos que existen entre “historia y ciudadanía”. El ciudadano no nace, es obvio, sòlo se adquiere una ciudadanía en el intenso fragor de su ejercicio y despliegue dentro de la historicidad de lo social. Un ser social es un ser político por antonomasia y la política es cordura y sindéresis, ser y hacer política es hacer gala de morigeración y ecuanimidad. Todo lo contrario de la hybris, del caos y la guerra. La violencia, tanto verbal como física, es patrimonio exclusivo de las pràcticas fratricidas. La guerra es, en sus infinitas facetas y màscaras,  la antípoda de la dialògica y de la negociación. “O hablamos o nos matamos” dice la conseja popular. Nada màs cierto, nada màs aterradoramente cierto; o dialogamos o nos exterminamos mutuamente. La historia patria tiene de esa cabuya un rollo largo que da para medir siglos enteros desde épocas prehispánicas hasta este triste, aciago y lamentable presente histórico e histèrico que malvivimos o padecemos. No nos empeñemos en negar lo evidente; la sociedad venezolana sufre los terribles rigores de un espantoso esquizo; tànatos le lleva ganada la lucha a biòs. La vida en la Venezuela revolucionaria y socialista ha sido arrinconada por la sociedad delictiva. El hampa domina los màs inaccesibles escondrijos del ser venezolano. Las familias están desguarnecidas, los hogares se encuentran a merced del transgresor de la ley y viven atemorizados a cualquier hora del dìa. El miedo se ha inoculado en el ànimus nacional. Miedo y temor proliferan como la verdolaga en los amplios predios del “campo social” (Alain Touraine dixit). Quièn puede osar negar que la sociedad experimenta un vertiginoso proceso de desciudadanizaciòn. Nadie en su sano juicio se atreve a desconocer que la anomia social se ha entronizado en los pliegues màs recónditos del tejido societal venezolano. La nuestra es una sociedad profundamente enferma que raya los bordes de lo clínicamente patológico.

Todos los rasgos distintivos de la sociedad bajo la terrible ègida militar estatalista bolivarera, -que no bolivariana-, revelan  el yugo de nuevo cuño que los subimperialismos sino-soviètico y el protectorado insularista cubano ha logrado implantar en esta gasolinera al Sur de Miami que aùn insistimos en seguir llamando Venezuela.

Crisis y hambre

CRISIS Y HAMBRE.                             RAFAEL RATTIA

Desde siempre se sabe que lo económico ejerce un fuerte impacto en la subjetividad del individuo. La mente es proletaria pero el estòmago es burgués. La gente habla bajito y susurra en torno a la catástrofe que se cierne sobre el grueso de la población empobrecida por la espantosa crisis que se abate con violencia sobre los màs vulnerables.

Cada dìa observo màs gente desequilibrada deambulando como espectros de esquina en esquina en busca o procura de una torta de casabe, una canilla de pan, uno o dos plátanos, poc importa si son verdes o pintones, o un kilo de ñame para acompañar el kilo de sardinas que es lo màs barato que se consigue en mercados o avenidas de Venezuela.

Es innegable, es inocultable; la economía està literalmente en el suelo, todo està derruido, un aire de desolación ventea sobre el país que desencaja el ànimus colectivo del país humillado, vilipendiado por la inquina y la ofensa de no tener tan siquiera mil bolívares diarios para no sucumbir de inanición al dìa siguiente.

Las grotescas e infamantes asimetrías aplastan con el fardo de una verdad egipcìaca. Militares regordetes y mofletudos que entran a negocios y establecimientos y salen “buchùos” con bolsas de productos se van enrostràndoles al resto de los ciudadanos su odiosa condición de privilegiados y de màs iguales entre los iguales.

En este contexto de ausencia de lo básico para sobrevivir es que vemos la multiplicación de gente con acusados síntomas de vulnerabilidad psíquica y emocional. Los manìaco-depresivos emergen cada dìa en mayor número a la superficie de la sociedad. Los locos mansos se tornan cada dìa màs agresivos y violentos. El mendicante de la esquina de la panaderìa que antes te abordaba socìlitamente ahora te emplaza con iracundia y vehemencia inusual sopena de agredirte si no le concedes un billete de cualquiera sea su valor facial. El margen entre lo normal y lo patológico se estrecha cada vez con màs vertiginosidad. No cabe duda, la revolución soltò las amarras de la navis estultìsfera, y nadie sabe a ciencia cierta quièn vendrà a enderezar el timòn para evitar el inminente naufragio con que amenaza la zozobra que tiene al país entre Scila y Caribdis.

poetas en tiempos de miseria

“¿Para què poetas en tiempos de miseria?”. HÔRDERLIN

RAFAEL RATTIA

La èlite tecnoburocràtica gubernativa insiste en ver para otro lado y hacerse la loca ante la debacle nacional que lleva a Venezuela al farallón de la muerte colectiva.

William Osuna, Freddy Ñàñez, Hernàndez Montoya, et al, insisten inútilmente en seguir mirando el dedo que señala las negras nubes que traen la tormenta social. No quieren aceptar el infierno que crece y se democratiza aquí abajo en la tierra de Bello, Pèrez Bonalde,  Pablo Rojas Guardia, Francisco Pèrez Perdomo, Elì Galindo, Montejo, Cadenas, y tantos otros que pulieron el linaje de procera estirpe del màs puro lenguaje poético.

Parecen enajenados, como escindidos de sì mismos, semejan a esos loquitos de carretera que no se para para darle un aventón hasta màs adelante y nos dicen: “no, gracias, voy rápido”.

En verdad se empeñan en continuar seducidos por los  cantos de sirena de la hecatombe social que se abate sobre los venezolanos. Si al menos fueran consecuentes con su delirante praxis pseudoestètica tendría que escribir y leer poemas a las morgues, a las emergencias de hospitales, a los diezmados por el cáncer por falta de quimioterapias; pues, la materia prima del poema de este tiempo histórico es la horrida realidad signada por la ausencia…

Un tiempo vendrà en que se sacaràn cuentas  y se leerán los saldos de este devenir social y político. No cabe duda, el país que lee e interpreta los signos vitales del cuerpo social exhausto y casi inane de la nación està siguiendo la evolución de lo que a todas luces marcha inexorablemente hacia su fenecimiento. Algo està muriendo en Venezuela, pero al mismo tiempo algo pugna por nacer y justamente ello es lo que los “poetas gubernamentales” no quieren ver lo evidente que estalla ante los ojos y narices de todos. Siguen ahì, impertérritos, imperturbables, con sus canonjías y sus viàticos para gigolear las arcas del erario público como si de una cantina se tratara. Se relamen los labios y salivan por la inminencia de sus rituales ceremoniales en el festival mundial de poesía compromisaria. La poesía del dazibao y del pasquín panfletario siempre en hagiògrafas poses de homenaje a los muertos que, según ellos, gozan de buena “salud”. Con el próximo festival de poetas a realizarse en Caracas a fines de Junio, quedará patentizado, indubitablemente, hacia dònde caminan los poetas filotirànicos de la revolución bolivariana, cuàl camino eligieron transitar los bardos del hambre y la miseria. Aquellos nubarrones de la desdicha trajeron estos lodos pestilentes de la discordia y el antagonismo irreconciliable. ¡Sigan, sigan cantando y màs cantando, poetas del ditirambo apocalíptico  y de los cementerios ambulantes! Canten sus últimas oraciones en la hora de este juicio final que después no habrá perdón ni olvido para ustedes, papanatas de la trapa!