La universidad de rodillas. RAFAEL RATTIA @rattia Obviamente, una universidad que calla cuando debe hablar no merece llevar ese nombre. Una institución que hace mutis ante un gobierno totalitario es indigna de llevar con orgullo el nombre de Casa Mayor del conocimiento. Las escuelas y facultades de Derecho de las universidades venezolanas no han dicho ni pìo sobre la aberrante decisión del TSJ al “regular” el tiempo que debe emplear cada diputado en sus intervenciones en la Asamblea Nacional es un evidente golpe de estado antijurídico del llamado poder judicial al poder legislativo. A todo evento, como solìa decir un abogado hoy jubilado del ministerio público, la bota militar social-bolivariana, cada dìa le cierra màs el paso a la coexistencia pacìfica y civilizada de los poderes públicos reconocidos en el espíritu de la ley y en la letra de la ley misma que consagra de jure la actualmente vituperada y mancillada Carta Magna venezolana. Si la universidad continùa guardando su vergonzante silencio ante las tropelías del poder instituido derivado del poder constituyente originario mejor sería que la institución universitaria cerrara sus puertas y se dedicara a otros menesteres; como vender sardinas y verduras en sus pasillos, por ejemplo. Le quedarìa mejor y, en consecuencia sería màs coherente con su actual estatus genuflexo. Desde la gloriosa y bien recordada “generación del 28” que insurgió política y cívicamente contra la dictadura gomecista pasando por la insurgencia universitaria antiperezjimenista y continuando con la irreductible universidad en los violentos años 60 y 70 el espíritu rebelde y contestatario de los jovenes universitarios siempre han sabido izar las banderas de la dignidad universitaria y ha puesto bien en alto las letras de sus himnos y su misión instiucional. Desde su origenes la universidad se debe a la sociedad a quien sirve y no al poder político de turno que rige los destinos del país circunstancialmente. El norte institucional de la UDO por ejemplo es claro y diáfano: “Del pueblo venimos y hacia el pueblo vamos”. Bajo ningún concepto la universidad venezolana se puede prestar para “legitimar” gobiernos que cercenan su autonomía presupuestaria y financiera, pues la terrible realidad actual de la universidad es su literal asfixia económica. La naturaleza y esencia científica y humanística de la universidad es por antonomasia es su condición de foro siempre abierto y sin cortapisas al debate de ideas de las más diversas y disímiles procedencias filosóficas y tecnocientíficas y socioculturales. La universidad es multiversidad en su génesis y proyección y por su intrínseca constitución es pluralidad y coexistencia pacífica y civilizada de cosmovisiones del mundo y de la vida. La universidad está reñida literalmente con el pensamiento único y uniformizante, la vida universitaria es la antitesis antagónica de la subcultura homogeneizadora. La universidad y el cuartel jamás pueden estar destinadas a marchar juntos; pues una es la viva expresión del disenso, de la heteodoxia democrática, la irreverencia y el debate libre y sin cortapisas están indisolublemente ligados al quehacer de la vida universitaria. El cuartel, en cambio, es la disciplina bismarkiana de hierro, la obediencia ciega, la bota que pisa inclemente y aplasta la opinión que disiente y se rehúsa a asentir los dictámenes de la manu militari. La subcultura cuartelaria instaura el temor y el miedo a la jerarquía, su vozarrón antihumano inhibe la sensibilidad democrática del ciudadano y fomenta la aprehensibilidad ante los desafueros que el uniformado prevalido de sus prerrogativas y monopolio de las armas comete contra el inerme habitante quien sólo posee su palabra y sus convicciones democráticas de estricto apego a la ley.

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Comuna y hambre
Rafael Rattia

La continua y sistemática política de adoctrinamiento ideológico que lleva a cabo el llamado sistema nacional de medios públicos en Venezuela ha venido, gradualmente, dando sus tenebrosos frutos a la “revolución” filotirànica. El constante achatamiento de la realidad por parte del incansable martilleo mediático oficialista no es otra cosa que el natural resultado de un achicamiento distorsionado del lenguaje que intenta nombrar lo real desde unos moldes y cartabones constreñidos a la cosmovisión obsoleta y anacrónica que tienen nuestros gobernantes del mundo y de la vida. ¿Quién recuerda hoy la manida y socorrida expresión de “mundo multipolar”? ¿Acaso oye usted por los medios de radio y televisión de la contra hegemonía revolucionaria la hipócrita frase trillada hasta el cansancio que decía: “la inclusión es nuestro destino”? Los CLAP patentizan un censurable e inmoral mecanismo distributivo de alimentos que segregan a los ciudadanos que muestran su desacuerdo con las políticas gubernamentales. Las planillas que manipulan los consejos comunales para “censar” los hogares con la coartada de organización previa al proceso distributivo de las bolsas de alimentos, contienen un apartado de requerimiento donde se inquiere al habitante llenar una casilla con una equis exhortándolo a declarar si es militante del partido socialista unido de Venezuela o del consejo comunal o pertenece a la comunidad censada. El propósito subyacente de la infamante planilla del CLAP es, obviamente, identificar al “enemigo” de la revolución para hacerle la vida de cuadritos como suele decirse en lenguaje coloquial. Es evidente, lo que comenzó siendo un proyecto socialmente “incluyente” en sus albores hoy muestra su verdadera faz; se trata de la barbarie con rostro humano. La ecuación es oprobiosa; si estàs con la “revolución” tienes derecho a comer pero si estàs en contra debes asumir que “ni agua pa tì”. A què extrañarse, las revoluciones fuincionan asì; no hay término medio en los códigos antagónicos de la fase agonística del llamado “proceso” emancipatorio. La opción maniquea no deja alternativa: o estás conmigo o estás contra mí; así que tú decides, si apoyas a la revolución al menos tendrás la posibilidad, obviamente supervisada por nuestros camaradas, de acceder a cuatro o cinco productos de alimentación que el Estado/Partido/Gobierno, el trípode tecnoburocràtico revolucionario se reserva monopólicamente en su autoproclamado status de “pater famili” que compulsivamente se aboga para sí por mandato constitucional. El mismo guion siguió el Moloch estatocràtico en Camboya, Vietnam, Cuba, la Nicaragua sandinista. El fetichismo jurídico del estado nominalmente “socialista” postula que el andamiaje legal estipulado en la Carta Magna instituye las instancias gubernamentales ejecutivas invistiéndolas como garantes del cumplimiento de los mandatos supremos de la constitución. Empero, ¿quiénes personifican y le dan estatuto de corporeidad física al ogro filantrópico bolivariano? Obviamente la élite de la partidarquìa psuvista; la nomenklatura sectaria de los heraldos bolivarianos ungidos por la “historia” para llevar “la felicidad” al pueblo sufriente y abandonado por la mano de Dios y del diablo. La manipulación perversa con fines políticos partidistas de la comida constituye horrendo delito de lesa patria cuyas punibles consecuencias jamás debería prescribir para sus responsables y corresponsables en grado de complicidad. Segregar a la población y someterla a las más abyectas humillaciones bajo la inclemencia de un sol abrasador y la infamante presencia temeraria de un militar gritón y falto de respeto es lo más parecido a una sociedad obsidional regimentada cuartelariamente bajo la égida de la subcultura castrense. La vigilancia (Vigilar y Castigar. Michel Foucault) y el castigo a quienes muestran de viva voz su desagrado y desacato a los malos tratos de los milicianos clapcistas y ubechistas se convierte en rasgo distintivo de las antidemocráticas estrategias de planificación de distribución de alimentos en la Venezuela postchavista de la escasez, carestía, hambre y desesperanza.

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Los Gamines del chavismo 

Los gamines del chavismo
Rafael Rattia
Una deplorable generación de “Garbage Kids” que esculca con avidez entre los tachos y vertederos de basura de las ciudades en busca de algún residuo o sobra de comida refleja con espanto hasta donde la revolución pudo llevar a lo que la Sociología urbana en tiempos normales denominó “la generación de relevo”. Niños que apenas se asoman a sus tiernos 11 o 12 añitos y ya tienen sus manitas curtidas de mugre de tanto hurgar entre bolsas de basura todos los días de su maladada vida en busca de algún bocado que postergue la hora de su fenecimiento por inanición.

Legiones de “niños de la basura” cuyos rostros cuarteados prematuramente por la agraz vida de perros realengos que se ven obligados a llevar bajo el amparo de grupos de cuatro o cinco miembros para protegerse de la violencia mortal que impera en la jungla de concreto y en los parajes de hormigón que son las grandes metrópolis y centros urbanos de la Venezuela “socialista”, “revolucionaria” y “bolivariana”. Esas costras purulentas que deambulan por calles y avenidas del país, desprotegidos, abandonados por la mano de Dios, vapuleados por los embates de la mala vida, son parte de la macabra cosecha de la “siembra petrolera” de la utopía chavista. Se trata de los semilleros de la patria desvencijada y saqueada por el socialimperialismo chino y ruso y expoliada por las hordas bárbaras del castrismo-madurismo.

Es vox populi que en la Venezuela bolivariana la miseria y pobreza extrema mutó a un indescriptible estado de atrocidad que escapa a la taxonomía descriptiva de la economía política y la antropología urbana. En la actual fase de la revolución “madurista” la delincuencia infanto-juvenil ya cuenta con un poderoso ejército industrial de reserva capaz de suministrarle mano de obra hamponil a las viejas y veteranas bandas delictivas que ya requieren un natural proceso de reemplazo y sustitución etaria de sus miembros. El trágico cuadro de la adolescencia en transición hacia la juventud exhibe a legiones de niños que a precoz edad ya muestran un prontuario que en otros tiempos estaba reservado a curtidos delincuentes cuya data en el oscuro y abigarrado mundo del delito lo colocaba entre los más solicitados por los cuerpos de seguridad o los enemigos públicos número uno. Niños que ostentan por remoquete: “el lucifer”, “el yeison”, “el diablo”, “el duende” y otros nombres así por el estilo, mefistofélicos que los envuelven en un luciferino halo de temeridad entre sus huestes y semejantes. Ya a los 16 o 17 años son verdaderos “maestros” de la transgresión, temibles mounstruos del sicariato y ejecutores del secuestro y del atraco a mano armada y a sangre fría. Son el molde perfecto y exacto del hombre nuevo bajo el socialismo. Es el paradigma del “revolucionario” antisocial y resentido que ha jurado cobrar venganza de la sociedad que lo ha excluido de su perversa lógica inhumana e injusta -según la propaganda ideológica del sistema nacional de medios públicos- y el sistemático lavado de cerebro goebbeliano de la hegemonía comunicacional gramsciana de la revolución socialista. Tal pareciera que el lema de la sociedad “revolucionaria” fuera: “toda la cárcel una escuela”.

Los gamines del chavismo
Rafael Rattia
Una deplorable generación de “Garbage Kids” que esculca con avidez entre los tachos y vertederos de basura de las ciudades en busca de algún residuo o sobra de comida refleja con espanto hasta donde la revolución pudo llevar a lo que la Sociología urbana en tiempos normales denominó “la generación de relevo”. Niños que apenas se asoman a sus tiernos 11 o 12 añitos y ya tienen sus manitas curtidas de mugre de tanto hurgar entre bolsas de basura todos los días de su maladada vida en busca de algún bocado que postergue la hora de su fenecimiento por inanición.

Legiones de “niños de la basura” cuyos rostros cuarteados prematuramente por la agraz vida de perros realengos que se ven obligados a llevar bajo el amparo de grupos de cuatro o cinco miembros para protegerse de la violencia mortal que impera en la jungla de concreto y en los parajes de hormigón que son las grandes metrópolis y centros urbanos de la Venezuela “socialista”, “revolucionaria” y “bolivariana”. Esas costras purulentas que deambulan por calles y avenidas del país, desprotegidos, abandonados por la mano de Dios, vapuleados por los embates de la mala vida, son parte de la macabra cosecha de la “siembra petrolera” de la utopía chavista. Se trata de los semilleros de la patria desvencijada y saqueada por el socialimperialismo chino y ruso y expoliada por las hordas bárbaras del castrismo-madurismo.

Es vox populi que en la Venezuela bolivariana la miseria y pobreza extrema mutó a un indescriptible estado de atrocidad que escapa a la taxonomía descriptiva de la economía política y la antropología urbana. En la actual fase de la revolución “madurista” la delincuencia infanto-juvenil ya cuenta con un poderoso ejército industrial de reserva capaz de suministrarle mano de obra hamponil a las viejas y veteranas bandas delictivas que ya requieren un natural proceso de reemplazo y sustitución etaria de sus miembros. El trágico cuadro de la adolescencia en transición hacia la juventud exhibe a legiones de niños que a precoz edad ya muestran un prontuario que en otros tiempos estaba reservado a curtidos delincuentes cuya data en el oscuro y abigarrado mundo del delito lo colocaba entre los más solicitados por los cuerpos de seguridad o los enemigos públicos número uno. Niños que ostentan por remoquete: “el lucifer”, “el yeison”, “el diablo”, “el duende” y otros nombres así por el estilo, mefistofélicos que los envuelven en un luciferino halo de temeridad entre sus huestes y semejantes. Ya a los 16 o 17 años son verdaderos “maestros” de la transgresión, temibles mounstruos del sicariato y ejecutores del secuestro y del atraco a mano armada y a sangre fría. Son el molde perfecto y exacto del hombre nuevo bajo el socialismo. Es el paradigma del “revolucionario” antisocial y resentido que ha jurado cobrar venganza de la sociedad que lo ha excluido de su perversa lógica inhumana e injusta -según la propaganda ideológica del sistema nacional de medios públicos- y el sistemático lavado de cerebro goebbeliano de la hegemonía comunicacional gramsciana de la revolución socialista. Tal pareciera que el lema de la sociedad “revolucionaria” fuera: “toda la cárcel una escuela”.