APUNTES SOBRE EL DIALOGO

RAFAEL RATTIA

 

Es potestad de la especie humana dialogar para comunicar. Todo acto de habla supone la pre-existencia de dos o màs lógicas (pensamiento discursivo) que, para comprenderse-entenderse, se comprometen a dialogar para dirimir diferencias y contradicciones antagónicas o no a fin de evitar que la sangre llegue al rìo como suele decirse coloquialmente.

Los individuos, las sociedades y civilizaciones que habitan esta  lamentable y triste carroña planetaria se obligan a sentarse alrededor de mesas de diálogo sopena de embarcarse en la nave de la locura que inevitablemente lo hará zozobrar en medio del naufragio de la violencia. La especie humana dialoga para evitar o postergar matarse mutuamente por motivos fútiles o por razones políticas y filosóficas. La gente que actùa de acuerdo con criterios de elemental sentido común sabe que dialogar es una inversión costosa pero altamente redituable. Nada sustituye al diálogo; por el camino empedrado del diálogo desarmado se va  lejos hasta la tierra de la esperanza, de la tolerancia y coexistencia pacìfica, pero los atajos de la violencia (verbal y física) conducen ineluctablemente al reino del padecimiento y al imperio de la muerte y la mutilación.

 

Mientras haya esperanza de diálogo hay márgenes de maniobrabilidad para el entendimiento y la negociación aun cuando el fantasma de la soberbia y la intemperancia acechen peligrosamente a los sujetos interlocutores dialogantes. El clima psicológico que debe rodear todo diálogo estarà presidido por una buena disposición al debate respetuoso a los propósitos de alcanzar puntos de acuerdo, ciertos consensos indispensables que garanticen la convivencia civilizada en paz de concepciones del mundo y de la vida diametralmente opuestas pero condenadas a entenderse.

Las estructuras semànticas que deben regir toda ejercitación praxiològica comunicativa tienen que partir de la justa valoración del otro. La ponderación de la otredad debe ser conditio sine qua non para que yo me sienta reconocido por la necesaria alteridad. En todo diálogo que se estime como tal el otro es mi gual.  Como diría el poeta Jean Artur Rimbaud: je suis autre. Mi singularidad nace en la diversidad y pluralidad de perspectivas de quien se supone es mi adversario. Yo adverso y combato al diferente a mì pero nunca deseo su muerte y extinción, pues su pervivencia es imprescindible para yo legitimarme ante la sociedad. Debe quedar claro: la sociedad me respeta en la medida en que yo respeto al que me adversa; de allì la vieja conseja: “honor al vencido, gloria al vencedor”. Jamàs puedo asistir a un “dialogo” armado con misiles verbales cargados de dicterios y anatemas que descalifiquen al interlocutor, pues la validez del sujeto perlocucionario se constata en la medida en que el respeto recíproco garantiza que se puedan tramitar las diferencias y contradicciones por/en y con la palabra como recurso de persuasión y disuasión. Como dijo en cierta ocasión  el gran Francois Marie Arouet, llamado Voltaire: “no estoy de acuerdo con tus ideas pero daría un ojo de mi cara porque las pudieras expresar de viva voz con plena libertad”.

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