LA LENGUA POLÌTICA

La lengua política

 

Rafael Rattia   @rattia

 

 

El evidente que el sistema de signos verbales que componen la lengua política del discurso venezolano acusa indicadores de una apestosa menesterosidad léxica; ¡faltaba más! Por supuesto que hay excepciones, honrosas debo decirlo.

Es obvio que el ser es, en buena medida, aquello que ha leído y si esta premisa es cierta tal como la creemos, desde luego, el lenguaje refleja de modo especular la cauda de libros que el dueño de las palabras expresa en el ágora real o virtual. ¿Quién osa dudar que somos lo que leemos? Pues, nuestro vocabulario nos retrata de pie a cabeza y proyecta en nuestros intercambios simbólicos cotidianos nuestras grandezas y, obviamente, nuestras abyecciones como seres humanos. Por la palabra nos conocen y por ella misma nos conocerán. Gracias a la palabra escrita sabemos de la prodigiosa maravilla espiritual de nuestro insigne poeta y hombre de letras Don Andrés Bello; su inmarcesible “Gramática de la lengua castellana” perdurará a través de los siglos como obra espiritual imperecedera digna de emulación por generaciones de hispanohablantes. Obviamente, la pulquérrima lengua de nuestro escritor Mayor no es paradigma digno de encomio para la mayoría de nuestra clase política venezolana. El patrimonio lexicográfico de más del 80% de los políticos deja mucho que desear en lo atinente a la inveterada pulcritud socio-lingüística y semantológica que por su intrínseca naturaleza de “líderes” del espíritu nacional deberían ostentar. Muchas expresiones infelices y desafortunadas pronunciadas por prominentes figurones de la política vernácula dejan al desnudo el lamentable carácter malandro y delictual de dichos espectros de la peor ralea.  La escandalosa precariedad semiológica del discurso político del venezolano salta a la vista en los programas de opinión y entrevistas radiales y televisivas. La pobreza verbal revela de suyo una no menor pobreza de espíritu que viene determinada por la ausencia de lecturas y la casi absoluta indiferencia del liderazgo político hacia el cultivo y cuido de nuestra rica y nunca suficientemente ponderada lengua nacional. Nuestros políticos no leen; sobra decir que muy pocos lo hacen. Ya lo señaló nuestro egregio poeta Rafael Cadenas, en su brillante ensayo “En torno al lenguaje” con atinado sentido de advertencia el grave peligro que se cierne sobre nuestra atribulada nación: “el derrumbe de una nación se advierte en la debacle de su lengua”.

Venezuela atraviesa por una encrucijada histórica de  incalculables dimensiones : O el venezolano se esfuerza con afán y denuedo en la tarea insoslayable de restituir el antiguo brillo y esplendor a su lengua o   sus hijos se  abandonan a su suerte y bogan cuales autómatas río abajo con las corrientes del deterioro y descomposición de su más preciado tesoro y su más grande riqueza intangible que  imaginarse puedan sus habitantes; su lengua política que es también social por antonomasia.

DESGOBERNANZA

DESGOBERNANZA

Rafael Rattia   @rattia

 

La sociedad venezolana se viene deslizando peligrosa y vertiginosamente hacia un abismo al parecer insondable.

El camino por el que transitan sus habitantes es, evidentemente intransitable; todo està lleno de espinas, el trayecto actual se caracteriza por exhibir grandes obstáculos que si no impiden sì obstaculizan la continuidad en la libre transitabilidad hacia una auténtica gobernanza.

La ley, como maximización jurídica del “estado de derecho” de la sociedad ha sido convertida en un burladero. Nadie acata ni respeta la ley porque tampoco nadie ve razones para hacerlo. Las instancias institucionales por mandato de jure garantes del estricto cumplimiento de la ley son las primeras en ostentar su inobservancia e incluso su abierta y flagrante transgresión.

A todas luces se evidencia en el país una inmoral escisión entre el sujeto de derecho y el estado de derecho; dicho en otros términos, la ley va hacia el sur y el ciudadano hacia el norte, cuando en una sociedad màs o menos “normal” ambas entidades deberían tender hacia una totalidad orgánica de libérrima convivialidad, es decir, la ley no tendría que ser un óbice para la coexistencia pacífica y civilizada de los individuos sino màs bien un mecanismo que facilite y garantice la convivencia de los contrarios en un mismo espacio civilizatorio. Por el contrario, en Venezuela la ley obstruye la justicia y obstaculiza la aplicación y administración de la misma. La obscena partidocratizaciòn de la administración de la norma jurídica envía a la sociedad toda un peligroso mensaje de permisividad y de tolerancia al delito cuando no a su estímulo y fomento. La “revolución” se propone desmontar el entramado jurídico-polìtico institucional que los revolucionarios estiman parte sustantiva del Antiguo Régimen. No otro fin tiene la ofensiva estatocràtica expropiacionista que adelanta la SUNDEE, el SEBIN, la GNB ya los CLAP contra pequeños y medianos comerciantes en todo el territorio nacional bajo el manido pretexto de vigilancia y control de precios y esgrimiendo el ardid propagandístico de la especulación y el acaparamiento de productos. La ley en manos del Estado es una coartada publicitaria. En no pocas ocasiones sirve sólo para someter a la sociedad bajo los dictámenes del estatismo revolucionario.

El antagonismo irreconciliable es meridiano: el estado contra la sociedad. La “ley” està secuestrada por el Estado y èste último està confiscado por una èlite tecnoburocràtica enquistada en una lógica partidocràtica, la lógica del partido único; de donde se colige que únicamente con un giro copernicano (cambio paradigmático) sería, eventualmente, posible re-establecer una cierta normalidad en el funcionamiento del sistema de justicia y un necesario equilibrio de poderes, garantía imprescindible para que sea posible hablar con seriedad de democracia.

La lengua polìtica

La lengua política

Rafael Rattia   @rattia

El evidente que el sistema de signos verbales que componen la lengua política del discurso venezolano acusa indicadores de una apestosa menesterosidad léxica; ¡faltaba más! Por supuesto que hay excepciones, honrosas debo decirlo.

Es obvio que el ser es, en buena medida, aquello que ha leído y si esta premisa es cierta tal como la creemos, desde luego, el lenguaje refleja de modo especular la cauda de libros que el dueño de las palabras expresa en el ágora real o virtual. ¿Quién osa dudar que somos lo que leemos? Pues, nuestro vocabulario nos retrata de pie a cabeza y proyecta en nuestros intercambios simbólicos cotidianos nuestras grandezas y, obviamente, nuestras abyecciones como seres humanos. Por la palabra nos conocen y por ella misma nos conocerán. Gracias a la palabra escrita sabemos de la prodigiosa maravilla espiritual de nuestro insigne poeta y hombre de letras Don Andrés Bello; su inmarcesible “Gramática de la lengua castellana” perdurará a través de los siglos como obra espiritual imperecedera digna de emulación por generaciones de hispanohablantes. Obviamente, la pulquérrima lengua de nuestro escritor Mayor no es paradigma digno de encomio para la mayoría de nuestra clase política venezolana. El patrimonio lexicográfico de más del 80% de los políticos deja mucho que desear en lo atinente a la inveterada pulcritud socio-lingüística y semantológica que por su intrínseca naturaleza de “líderes” del espíritu nacional deberían ostentar. Muchas expresiones infelices y desafortunadas pronunciadas por prominentes figurones de la política vernácula dejan al desnudo el lamentable carácter malandro y delictual de dichos espectros de la peor ralea.  La escandalosa precariedad semiológica del discurso político del venezolano salta a la vista en los programas de opinión y entrevistas radiales y televisivas. La pobreza verbal revela de suyo una no menor pobreza de espíritu que viene determinada por la ausencia de lecturas y la casi absoluta indiferencia del liderazgo político hacia el cultivo y cuido de nuestra rica y nunca suficientemente ponderada lengua nacional. Nuestros políticos no leen; sobra decir que muy pocos lo hacen. Ya lo señaló nuestro egregio poeta Rafael Cadenas, en su brillante ensayo “En torno al lenguaje” con atinado sentido de advertencia el grave peligro que se cierne sobre nuestra atribulada nación: “el derrumbe de una nación se advierte en la debacle de su lengua”.

Venezuela atraviesa por una encrucijada histórica de  incalculables dimensiones : O el venezolano se esfuerza con afán y denuedo en la tarea insoslayable de restituir el antiguo brillo y esplendor a su lengua o   sus hijos se  abandonan a su suerte y bogan cuales autómatas río abajo con las corrientes del deterioro y descomposición de su más preciado tesoro y su más grande riqueza intangible que  imaginarse puedan sus habitantes; su lengua política que es también social por antonomasia.

La universidad genuflexa

Rafael Rattia

 

La universidad autónoma, crìtica, democràtica y popular ha muerto. La revolución bolivariana ha cumplido cabalmente el cometido que nunca los gobiernos democráticos pudieron; subordinar acrìticamente el espíritu académico, científico, de investigación humanística y tecnológica a los delirios hegemónicos de un utópico “Plan de la patria” económicamente inviable y políticamente descabellado.  La revolución ha destruido el espíritu de cientificidad y la pulsión acadèmica tecnohumanìstica que durante màs de un siglo caracterizò al clàustro universitario autónomo. Como al resto de la sociedad, se le sometiò a una perversa asfixia financiera con el propósito de doblegarla y supeditarla a los dictámenes externos a su intrínseca naturaleza formativa de profesionales de alta calificación científica. Ya la universidad no es –ni de lejos- es espacio privilegiado del debate público nacional. La universidad ha sido despolitizada y ha visto conculcada su esencia cuestionadora de institución vigilante de los equilibrios necesarios que regìan las relaciones entre la sociedad y el estado.

El proyecto totalitario de fascistizaciòn de la sociedad venezolana ha impactado brutalmente en los cimientos èticos y morales sobre los que se afincaba la universidad pluralista, autónoma y democràtica. La multiversidad de la universidad ha sido mutilada por la univocidad homogeneizante del pensamiento único. La subcultura partidocràtica del partido único se encargò de inocular en la mente y espíritu de las nuevas generaciones de jóvenes universitarios un culto irracional a la personalidad del llamado “gigante” –con pie de barro acotamos nosotros- o ese “tigre de papel” que quiso infructuosamente instaurar una dictadura continental de corte neopopulista en América latina.

La universidad venezolana se ha postrado ante la pretensión hegemónica del “chavismo-leninismo” y vive su peor momento en toda la historia republicana. La deplorable genuflexión y abominable pusilanimidad de muchos rectores y autoridades universitarias han terminado por convertir a las casas de estudios superiores, otrora “autónomas” en bochornosos apéndices institucionales de la revolución bolivariana. Universidades sin internet; sin telefonía fija. Universidades sin bibliotecas, sin subscripciones a revistas arbitradas e indexadas, sin recursos financieros para costear proyectos de investigación básica ni aplicada, universidades sin comedores, con el parque automotor y vehicular literalmente en el suelo; sus institutos de investigaciones en ruinas y a un tris de su extinción. Las universidades venezolanas han sido convertidas en remedos de instituciones pagadoras de nòminas pero subsumidas en terribles y obscenas insolvencias por concepto de pasivos laborales con su personal obrero, administrativo y de investigación y docencia. La asfixia presupuestaria que padecen las universidades nacionales autónomas venezolanas ha conllevado a un creciente estado de obsolescencia bibliogràtica, hemerogràfica y tecnológica que avergüenza el espíritu del profesorado universitario. El panorama de nuestras universidades venezolanas se vislumbra muy lúgubre, pues en un contexto de crisis de descapitalización de su principal recurso humano el país observa horrorizado la indetenible estampida de legiones de profesionales con altísima preparación tecnocientìfica y profesional que ya quisieran para sì las màs prestigiosas universidades latinoamericanas. La revolución bolivariana y “socialista” ha convertido a las instituciones universitarias en “cascarones vacìos”, en autènticas instituciones “calamitosas” e imposibilitadas de producir conocimientos adecuados a los tiempos que signan el vertiginoso devenir histórico-cultural que caracteriza a la humanidad.